El único destino

by Alexandra Díaz

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CAPÍTULO UNO

De la cocina vino un grito penetrante. El lápiz de colorear verde se le resbaló de la mano haciendo una raya sobre el dibujo de una lagartija que había casi terminado y en el cual Jaime Rivera llevaba trabajando casi media hora. De un salto, se puso de pie, lo cual hizo que se sintiera mareado a consecuencia de la fiebre que no le había permitido ir a la escuela esa mañana. Su visión demoró unos segundos en aclararse mientras se agarraba de la ventana sin cristal en la cual ya no estaba la lagartija que le había servido de modelo. Respiró profundamente antes de irrumpir en la cocina. El llanto sonaba más fuerte.

No, no, no, por favor que no. De ninguna manera podría ser, pensó. Tenía que ser otra cosa.

—¿Qué…?—Jaime paró en seco. Mamá estaba desplomada sobre la mesa plástica llorando en sus brazos. Papá estaba parado detrás de ella con una mano sobre su espalda. Aunque estaba callado sus anchos hombros estaban hundidos y lucía tan afligido como ella.

Al oír a Jaime entrar, mamá se incorporó. Tenía el maquillaje negro, marrón y canela corrido en su cara, que siempre estaba perfectamente maquillada. Lo haló hacia ella y lo sentó en sus piernas aguantándolo fuertemente como si tuviera dos años en vez de doce. Los brazos fuertes de papá los envolvieron a los dos.

Jaime se fundió en el abrazo de sus padres. Pero solamente por unos segundos. La incertidumbre apretaba su estómago en un nudo. Aquello que él había temido por mucho tiempo había sucedido. Él se había convencido a sí mismo que eso no podía suceder porque él no tenía nada que ofrecerle a ellos. Pero ellos no estaban de acuerdo y lo habían expresado claramente hacía dos semanas. Ojalá que él estuviera equivocado y que no fuera eso.

Volvió a recordar el incidente que había sucedido dos semanas atrás cuando su antiguo amigo Pulguita llamó a Jaime y a su primo hermano Miguel mientras ambos caminaban hacia su casa después de la escuela.

—¿Qué querrá? —Jaime preguntó entre dientes.

—No sé, pero por lo menos está solo —Miguel miró de un lado al otro del camino de tierra antes de cruzarlo. Jaime hizo lo mismo. Por lo que él veía, ellos no estaban por ahí.

Miguel paró a unos metros del muchacho. Jaime cruzó los brazos sobre su pecho manteniendo la distancia entre él y el que había sido su amigo.

Pulguita se recostó contra una pared deteriorada. Su pelo negro y peinado hacia atrás le daba la apariencia de un niñito tratando de ser como su papá. A los catorce años y sin posibilidad de crecer más era mucho más bajito que Jaime y Miguel, quienes tenían dos años menos que él. Pero su estatura no era la única razón por la cual lo llamaban Pulguita.

—¿Qué? —preguntó Miguel apenas abriendo la boca.

Pulguita levantó sus brazos en el aire como si no entendiera por qué había tanta hostilidad y se rió. Aun de lejos, el olor a cigarrillo y a alcohol envolvía el aliento de Pulguita. —¿No puede un chico platicar con sus compas?

—No —contestaron Jaime y Miguel. No cuando ese chico era Pulguita y se había convertido en uno de ellos.

Hasta el año pasado, Jaime y Miguel habían jugado con el pequeño chico sucio. Pero después empezaron a faltar cosas de la casa: primero fueron unos plátanos del patio y tortillas envueltas en un paño, después unos zapatos nuevos y los lápices de colorear de Jaime, que habían sido su regalo de cumpleaños. Jaime y Miguel dejaron de invitar a Pulguita a sus casas y éste se buscó nuevos amigos.

Ahora la ropa de Pulguita estaba inmaculada. Desde su camiseta blanca sin mangas y sus pantalones cortos azules de fútbol, hasta sus medias blancas que le ceñían las piernas y sus zapatos Nike; todo era nuevo y limpio. Sacó de su bolsillo su último modelo de iPhone y lo dio vueltas en sus manos cerciorándose de que los primos lo estaban observando. Jaime definitivamente lo notó. El único teléfono que había en la familia pertenecía a tío Daniel, el papá de Miguel. Él lo compartía con toda la familia, pero era un teléfono antiguo que se doblaba a la mitad.

Pulguita se dirigió a Jaime con una mueca en sus labios. —Vi a tu mami el otro día cargando una canasta de ropa pesada que había lavado. Parece que la pierna le sigue doliendo.

—No metás a mi tía en esto —Miguel se acercó a Pulguita con los ojos brillándole. Éste ignoró la amenaza y siguió jugando con su teléfono.

—Sería bueno, ¿no? Si no tuviera que trabajar tanto. Si ella pudiera descansar frente a la tele con la pierna en alto. Ustedes fueron muy buenos conmigo y yo quisiera ayudarlos.

—No necesitamos tu ayuda —respondió Jaime aunque estaba intrigado. Mamá era una adolescente cuando se fracturó la pierna y se la habían arreglado mal. Cojeaba poco cuando caminaba pero esta fractura le impedía hacer trabajos en los que tenía que estar de pie o sentada todo el día. Ella ganaba casi nada lavando y planchando ropa para señoras ricas. Papá trabajaba en una plantación de cacao, ganando apenas lo necesario para mantenerlos en una pequeña casita de dos piezas: una para dormir y la otra era la cocina. La letrina, por supuesto, estaba afuera.

Si tuvieran un poquito más de dinero sus padres no tendrían que trabajar tan duro. Podrían vivir mejor. Pero no iba a ganar dinero de la forma en que Pulguita les estaba ofreciendo. No valía la pena.

¿Verdad?

Pulguita sonrió como si se estuviera burlando de ellos. —Ustedes van a cambiar su llanto. Algún día van a querer nuestra ayuda.

Nuestra ayuda. Jaime repetía estas palabras en su mente. Su estómago se le retorció al pensar en lo que Pulguita y sus nuevos amigos esperaban a cambio de su ayuda.

—No mientras tus peos no huelan a jazmín —le respondió Miguel. Jaime asintió. No podía hacer más nada.

Pulguita se encogió de hombros, marcó un código en su teléfono y se lo puso en el oído. Metió la otra mano en el bolsillo y se alejó con aire arrogante.

Jaime había tratado de olvidars la confrontación con Pulguita hasta ahora en la cocina, con su madre llorando y sus padres abrazándolo.

Algo estaba mal. Horrendamente mal. Y él tenía el presentimiento de que sabía lo que era.

Su cuerpo se puso tenso para poder separarse del abrazo de su mamá, pero esto hizo que ella lo apretara más fuerte.

—Ay, Jaime, mi ángel, ¿qué haría yo sin vos? —exclamó entre sollozos.

Mamá lo soltó para mirarlo. Sus ojos estaban rojos e hinchados. Su pelo oscuro y rizado estaba mojado y con nudos alrededor de su cara. Jaime le apartó un mechón de pelo de los ojos. Esto era algo que ella le hacía a él cuando era pequeño y estaba molesto.

Ella respiró profundamente dos veces antes de mirarlo a los ojos marrones. —Es Miguel.

Jaime se levantó del regazo de su mamá. Papá trató de sujetarlo pero él se soltó. Volvió a sentirse mareado al igual que cuando estaba en el cuarto.

Miguel tiene gripe. Jaime trató de convencerse a sí mismo. Él mismo había estado bastante enfermo esta mañana. Eso era. Miguel tenía una gripe muy mala.

Pero esto no explicaba por qué mamá estaba llorando y lo miraba como si fuera la última vez que lo iba a ver.

—¿Qué pasó? —Las palabras casi lo ahogan.

Mamá desvió la mirada. —Está muerto.

—¡No! —dijo, aunque él había tenido el presentimiento de que esta posibilidad podía ser verdad. No Miguel, su primo hermano valiente, su mejor amigo.

—Estaba caminando por el Parque de San José después de la escuela. Y… —mamá respiró profundamente— los Alfas lo acorralaron.

Claro, ellos. Jaime apretó los brazos alrededor de su cuerpo tratando de parar el temblor que lo invadía. El dolor de garganta le hacía muy difícil respirar o tragar. Él y Miguel atravesaban el pequeño Parque de San José dos veces al día yendo y regresando de la escuela. De noche ese parque estaba lleno de borrachos y drogadictos pero de día era bastante seguro pues había siempre mucha gente transitando por ahí.

Era seguro. Ya no.

—¿Cómo… fueron? ¿Qué? —Le costaba trabajo pronunciar las palabras. Su mente estaba confusa.

Mamá volvió a llorar. Como ella no podía hablar, papá contestó: —Seis o siete pandilleros lo acorralaron. Incluyendo a Pulguita.

Por supuesto, Pulguita. Y esta era la forma en que el insecto desgraciado inferior los iba a ayudar.

Papá continuó: —Hernán Domingo estaba caminando por el parque y lo vio todo. Los Alfas le dijeron a Miguel que él sería una ventaja para ellos si se unía a la pandilla. Pero Miguel dijo que lo dejaran en paz. Entonces comenzaron a golpearlo.

—Pará —Jaime no quería oír más. En su mente veía a los miembros de la pandilla Alfa. Algunos grandes y robustos, otros delgados y muy ligeros, y Pulguita tan pequeño como para ser aplastado. Todos golpeando y pateando a Miguel hasta que cayó a la tierra. Si él hubiera podido estar con Miguel . . .

—No había forma de pararlos —papá continuó como si hubiera sabido lo que Jaime estaba pensando. —Si Hernán o alguna otra persona hubiera tratado de interferir, le hubieran dado un tiro en la cabeza como hicieron con José Adolfo Torres, Santiago Ruiz, Lo…

Jaime dejó de escuchar. Él sabía los nombres de aquellos, muchachos mayores que habían ido a la escuela con él, otros, hombres con esposas e hijos. Aquellos que habían enfrentado a la pandilla, y que ahora estaban todos muertos.

Muertos, como Miguel. Su primo había pasado por la casa esa mañana. Estaba emocionado con su tremenda sonrisa torcida por la beca que había conseguido para estudiar en la prestigiosa escuela prevocacional que estaba en la ciudad a veinte kilómetros de ahí. Siempre quiso ser un ingeniero. El disgusto que sintió cuando se enteró de que Jaime estaba enfermo y que no podía caminar con él a la escuela desapareció cuando sacó cuenta de todas las personas a las cuales les iba a contar la buena noticia.

Una culpa se encendió como fuego por su pecho y no pudo respirar. ¿Por qué Miguel? ¿Por qué no él? Sintió que se ahogaba en la cocina aún cuando una brisa húmeda entraba por la ventana sin cristal. Era su culpa.

La pandilla era muy conocida en este pequeño pueblo de Guatemala y en otros pueblos cercanos. Niños más jóvenes que Jaime estaban adictos a la cocaína que los Alfas les suplían. Los dueños de las tiendas tenían que pagarle a los Alfas por protección, la protección era contra ellos mismos. Protección para evitar ser robados o asesinados si se rehusaban.

Ay, Miguel.

Jaime se agachó en el piso de tierra y ocultó el rostro entre sus brazos. Si él no hubiera estado enfermo esa mañana. Si él hubiera caminado con Miguel por el parque como siempre. ¿Hubiera podido evitar que los atacaran? Dos contra seis era mejor que uno contra seis. Pero Jaime nunca había sido bueno peleando. ¿Hubiera sido más fácil aceptar lo que le proponían? Vender drogas en las calles, exigir «protección» a los habitantes del pueblo, asesinar a aquellos que rehusaban o se atravesaban en su camino. No, él no hubiera podido hacer eso como tampoco hubiera podido enfrentarse a los Alfas.

Él nunca había sido valiente como su primo.

—Mirá —dijo mamá, con un tono de voz cariñoso. Jaime levantó la mirada desde el piso donde se había agachado. Mamá había puesto el café sobre la candela y se había limpiado la cara. Sus ojos estaban aún rojos y se veía cansada y vieja. Le ofreció una taza de café con leche. Como si esto pudiera ayudar.

Recibió la taza de cerámica entre sus manos como si fuera un día frio en vez de un día sofocante. Respiró profundamente. Él había estado con Miguel cuando Pulguita había hecho su oferta.

—¿Seré yo el próximo?

Sus padres no lo miraron. Mamá comenzó a llorar de nuevo y papá sacudió la cabeza. Le habían contestado.

—Yo no me quiero morir. Pero tampoco quiero matar a otras personas. ¿Qué puedo hacer? —Jaime le preguntó a la taza de café que sostenía en sus manos como lo haría con unas hojas de té una bruja que te dice el futuro. Ni la taza de café ni sus padres le respondieron.

No había nada que él pudiera hacer. Nadie se escapaba de los Alfas.

 

CAPÍTULO DOS

Esa noche la casa de Miguel estaba llena de familiares y amigos. Aun así, habían muchos que no podían venir. Tío Pedro Manuel y su familia no tenían el dinero para pagar la tarifa del bus. Tía Lourdes y su familia no sabían de la tragedia porque el único teléfono en su pueblo estaba fuera de servicio.

Todos los que vinieron trajeron comida —sacos de arroz y de frijoles de todos los colores, maíz molido para hacer tortillas y tamales, pollos enteros, pedazos de cerdos, plátanos para freír, azúcar para hacer postres y ron para beber y olvidar la pena. Un patio conectaba las piezas de la casa de Miguel —la cocina, dos habitaciones separadas para dormir y el baño—. Pero todos transitaban entre el patio y la cocina, hablando, comiendo y recordando el pasado.

Mañana en el entierro habría pena. Esta noche se celebraba la vida de Miguel.

En el medio del patio estaba el ataúd de madera rodeado de velas, incienso y flores. La tapa estaba encima pero se podía correr para ver la cabeza y el pecho de Miguel para los que querían despedirse. Jaime se forzó a sí mismo a mirarlo, pero después deseó no haberlo hecho. No lucía como Miguel. Los golpes que había recibido le habían dejado la cara torcida. El maquillaje no podía ocultar la nariz partida y la hinchazón encima del ojo izquierdo. Aún con los ojos y la boca cerrados nadie podía decir que parecía que estaba durmiendo.

Jaime pensó que nadie debía de haberlo visto en las condiciones en que estaba, pero era una tradición de la familia que los ayudaba a aceptar que se había ido.

La policía del pueblo había dicho que la muerte de Miguel era un accidente desafortunado. Claro que tenían que decirlo. El dinero valía mucho más que la moral y la justicia. Aquellos que pagaban más tenían el poder y los Alfas pagaban muy bien. Además de que la adicción del jefe de la policía mantenía muchas de las operaciones de la pandilla.

Jaime sacó su cuaderno de dibujo y se lo puso contra su cara para no poder ver y no tener que recordar a Miguel así. ¿Por qué Miguel? ¿Por qué el ser valiente tenía que terminar de esta manera? ¿De qué servía ser bueno y terminar muerto?

Con un suspiro buscó una página en blanco y comenzó a dibujar el ataúd. Evitó la cara desfigurada y se enfocó en otros detalles. Miguel con la ropa que llevaba a la iglesia y las manos cruzadas sobre el pecho y sus tesoros —un reloj desarmado, un pequeño destornillador y su imán en forma de herradura— colocados a su lado.

La cara la dibujó con las facciones que recordaba de esa mañana: la sonrisa torcida que subía más del lado derecho que del izquierdo, los ojos tan oscuros que hacían que la parte blanca brillara, el pelo negro que necesitaba un recorte. Ese era el verdadero Miguel, no el que estaba golpeado y se quedaba en la tierra. El verdadero Miguel era el que iba en camino hacia el cielo.

Una mano sobre los hombros de Jaime hizo que saltara. Era Ángela, la hermana de quince años de Miguel.

Sus ojos se fijaron en el cuaderno y Jaime le ofreció el dibujo. Ella pasó sus dedos sobre el dibujo como si estuviera tratando de acariciar la cara de su hermano. Asintió levemente antes de devolverle el cuaderno. No necesitaba hablar para que Jaime supiera que ella estaba de acuerdo con que él había dibujado al verdadero Miguel.

 

•  •  •

 

La procesión de la mañana siguiente era sombría. Esto se hizo peor por no permitir que tía Rosario, la mamá de Miguel, fuera con el resto de la familia al entierro.

—¡Tengo que ir! Mi hijo me necesita. Por favor, ¡me tienen que dejar ir! —gritaba mientras golpeaba el pecho de su hermano que se puso al frente de la puerta. Por esa misma razón se tenía que quedar; era mala suerte llorar en el entierro de un niño. El espíritu se confundía y creía que tenía que quedarse en la tierra en vez de ir directamente a los brazos de Dios, que era donde le correspondía estar. Mamá se quedó con su hermana en la casa para hacerle compañía. Pero también porque Miguel había sido como otro hijo para ella.

El papá de Jaime y sus tíos cargaron el ataúd sobre sus hombros dirigiéndose hacia el cementerio por los caminos de tierra donde las casas, que antes estaban pintadas de blanco, ahora estaban gris y cubiertas de suciedad. Ángela estaba colgada del brazo de Jaime y ambos caminaban detrás del ataúd. Aunque estaban rodeados de la familia, Jaime sentía como si una parte de él le faltara. Ángela se tenía que sentir aún peor. No había pronunciado ni una palabra desde que se enteró de la noticia.

Debía de haber sido mi entierro, pensó Jaime. Entre ellos dos, Miguel debió de haber sido el que estuviera vivo.

Jaime suspiró. No debía llorar. No podía llorar. El destino del espíritu de Miguel dependía de que no llorara. A su lado, Ángela mantenía los ojos cerrados dejando que él la condujera por las calles. Por sus primos, los que vivían y los que estaban muertos, él no podía llorar. Tenía que ser fuerte.

En el cementerio, el padre Lorenzo habló pero Jaime solo escuchó unas pocas palabras, «escogido por Dios», «en paz», «amado por todos». No eran suficiente para describir a Miguel, él era mucho más que estas palabras.

Colocaron el ataúd en la fosa. Junto con el resto de la familia, Jaime y Ángela besaron un poco de tierra antes de tirarla en el hueco. Después echaron agua bendita para alejar a los malos espíritus.

Pero esto no sirvió para ahuyentar a los Alfas.

Un grupo de los miembros de la pandilla estaban en la loma desde donde se veía el cementerio. Jaime podía ver la figura escuálida de Pulguita en la primera fila. Él quería correr hacia ellos y golpear a cada uno hasta que sintieran el mismo dolor que él estaba sintiendo en su corazón, y que Miguel sintió cuando lo golpearon a él.

Tío Daniel debió de haber sentido el mismo dolor que Jaime sentía. Cuando el cura dijo la última oración, tío Daniel levantó su cabeza calva y contrajo la nariz como si estuviera oliendo el hedor que despedían los Alfas. Corrió hacia ellos hasta el medio del camino donde papá y otros dos tíos lo sujetaron.

—¡Mi hijo! ¡Devuélvanme a mi hijo! —gritaba mientra trataba de soltarse de los brazos que lo sujetaban.

Los hombres arrastraron y cargaron al tío Daniel de regreso a la iglesia. Los Alfas observaban como estatuas siniestras inamovibles. Sólo sus ojos se movían.

Un escalofrío sacudió el cuerpo de Jaime. Lo estaban observando.

A su lado Ángela se estremeció. Él sabía que la estaban observando a ella también.

 

•  •  •

 

Estaban en lo cierto. Los Alfas los estaban observando.

A la noche siguiente cuando papá acababa de regresar de la plantación de cacao y mamá estaba planchando ropa, la puerta se abrió. Tía Rosario se recostó contra la pared hecha de bloque tratando de recobrar el aliento.

—Vengan. Rápido. Todos ustedes —dijo y se fue.

Mamá desconectó la plancha mientras papá se puso los zapatos. Jaime sintió pánico mientras sus padres y él corrían hacia la casa de su tía. ¿Por qué Dios nos está castigando?

Normalmente demoraban diez minutos para llegar pero hoy, como iban corriendo, aún con la cojera de mamá, tardaron solamente cuatro. Sin embargo, les pareció como cuarenta.

Hasta que vio a Ángela, Jaime no se había dado cuenta que había estado aguantando la respiración. Por suerte no le había pasado nada. Por el momento. Él supo por su mirada sin ánimo que esto iba a cambiar y pronto. Estaba parada en la cocina recostada contra la pared al lado del viejo televisor con los brazos cruzados sobre el pecho. Jaime respiró profundamente para recobrar el aliento y calmarse. Se acercó a su prima hermana y le tomó la mano como ella había hecho ayer con él en el entierro. ¿Había sido realmente ayer?

Rosita, la hermana mayor de Miguel y de Ángela, estaba sentada en la mesa lactando a su bebé, Quico. Abuela, que vivía con los primos de Jaime, había parado de enrollar las tortillas y estaba ahora pasando una bola de masa de una mano nudosa a la otra. Tío Daniel, sentado en una silla, tenía la misma expresión de desaliento que Ángela. Por lo menos todos estaban vivos.

Unos minutos después, tía Rosario regresó con el padre Lorenzo, el cura que había oficiado en el entierro de Miguel.

Su tía respiró profundamente atándose el pelo en una cola de caballo. Jaime notó que las manos le temblaban. —Ángela, dame la carta.

Ángela sacó una bola de papel milimetrado del bolsillo de su pantalón. Jaime paró el grito que casi salió de su boca. Miguel siempre llevaba papel milimetrado con los cuadritos a la escuela. Jaime sabía quién había sido el autor de la carta.

Tía recibió la bola de papel de las manos de Ángela y lo enderezó. Lo leyó mientras las lágrimas le corrían por la cara. «Querida Ángela. Sentimos la muerte de su hermano. Su pérdida es una pérdida para nosotros también. Para reemplazar esta pérdida la invitamos a usted a que se una a nosotros en su lugar. Le daremos seis días para llorar la muerte de su hermano. Después de esos días, por favor vaya al Parque de San José antes de ir a la escuela. Necesitamos su ayuda para entregar un regalo a un amigo. Su primo hermano puede ayudar también. Sinceramente, los Alfas.»

El tono amistoso y falso le afectó a Jaime al igual que la última línea. En su mente esas palabras venían de Pulguita aunque la pulga no tenía el cerebro para hablar tan elocuentemente. Su primo hermano puede ayudar también. Ese era él. Además de bebés y niños pequeños en la familia, él era el único primo hermano que vivía en los alrededores. Había sido reclutado también.

Dentro de poco Ángela y él estarían distribuyendo drogas en la escuela. Él sabía qué era el «regalo» que tenían que entregar. Los Alfas también los obligarían a los dos a participar en dar palizas y en matar.

Pero con Ángela sería aún peor. Si los pandilleros consideraban que ella era bonita, la obligarían a ser la novia de uno de los jefes, quisiera o no. Si no la consideraban lo suficiente bonita, sería entonces la novia de uno de los otros miembros. La idea de que tuviera que ser la novia de Pulguita hizo que su estómago se revolviera.

—De ninguna manera —dijo papá cruzando los brazos sobre el pecho—. No vamos a sacrificar a nuestros hijos por los caprichos de una pandilla. ¿Qué es lo que quieren de nosotros? Los hemos criado como buenos católicos, no como unos desalmados malcriados.

Jaime y Ángela se miraron. Los Alfas no necesitaban una razón. Ellos controlaban toda la región porque tenían el dinero y el poder para hacer lo que quisieran. El asesinato de Miguel se los recordó a todos ellos.

—Padre —dijo mamá dirigiéndose al cura con las manos extendidas como si quisiera llegar a Dios—. ¿No puede hablar usted con ellos? ¿Hacerles ver la luz y estimularlos para que se arrepientan?

El padre Lorenzo sacudió la cabeza. —He tratado, hija, pero ha sido en vano. Ellos no se atreven a entrar en la iglesia pero se aprovechan de los más débiles e inseguros de mi congregación. No veo cómo puedo llegar a ellos. La semana pasada convencieron a uno de mis monaguillos que tenía muchas más oportunidades con ellos que sirviendo a Dios.

Jaime se sintió enfermo. Solamente había una solución. Mañana él iría a ver a Pulguita, que vivía con su tío cerca del basurero. Hablaría de los tiempos pasados y trataría de convencerlo de que Ángela no iba a ser de utilidad para los Alfas, que él, Jaime, era la mejor opción.

Pero esto no iba a convencerlos, pensó. ¿Por qué iban a aceptar solamente a un miembro nuevo cuando ya querían a los dos? Los Alfas no hacían tratos así, siempre lograban lo que querían. Esto lo sabía él y lo sabía todo el pueblo. Él no podía hacer nada. Nunca se había sentido tan desesperanzado y culpable.

—Ustedes les van a tener que pagar —dijo abuela tirando una bola de masa contra la mesa como si estuviera matando un insecto—. Hay que comprar la seguridad de los muchachos.

—¡No! —gritó el tío Daniel incorporándose. Por un momento parecía que iba a atacar a alguien pero después volvió a sentarse. La cabeza calva la tenía cubierta de sudor. Gruñó en voz baja y continuó—: No le voy a pagar a esos desalmados que asesinaron a mi hijo. Sería como una recompensa por lo que hicieron. Mantendremos a Ángela y a Jaime seguros de otra manera.

Ángela levantó la vista del piso y miró a Jaime como analizando las posibilidades. Jaime sintió alivio. Ella sabía lo que había que hacer. Ella lo iba a resolver.

—Nos podemos escapar —estas eran las primeras palabras que Ángela pronunciaba en dos días. Todos miraron a Ángela como si hubiera dicho una mala palabra. Abuela volvió a tirar la masa contra la mesa. El padre Lorenzo abrió la boca para decir algo pero terminó en una oración silenciosa. Quico, que estaba recostado contra el hombro de Rosita, eruptó.

Papá cambió de posición y todos lo miraron. Se humedeció los labios y respiró profundamente. —Esta parece ser la mejor solución.

Por un momento Jaime se imaginó lo que sería vivir en la selva, cruzando por los árboles como Tarzán, teniendo un jaguar protegiéndolo y comiendo plátanos e insectos. Por un momento se sintió sumergido en ese mundo de la selva con todos esos tonos de verde y los animales salvajes escondiéndose entre la vegetación. Sería divertido. Por un día.

—¿Qué querés decir? —susurró mamá.

Papá carraspeó: —Se pueden ir a vivir con Tomás.

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