In The Country We Love (Spanish Edition)

by Diane Guerrero

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 CAPÍTULO 1

La llave de plata

Primavera de 2001: en el sector Roxbury de Boston.

Mi mamá estaba retrasada conmigo y yo detestaba llegar tarde a la escuela, especialmente a una escuela que me encantaba y sobre todo cuando me preparaba para mi primer solo. Que una estudiante de primer año lograra un solo era algo muy importante. En realidad, era enorme. De hecho, incluso entrar a la Academia de Artes de Boston había sido un milagro. Fue mi boleto de salida del barrio.

—Diane, ven a desayunar —me dijo mi madre desde la cocina.

—¡Tengo que irme! —grité, porque, seamos sinceros, al igual que muchas chicas de catorce años, mi actitud era desafiante.

—Tienes otro segundo —dijo mi madre, siguiéndome por el pasillo—. Tienes que comer algo.

—No, no tengo otro segundo —le espeté—. ¿Por qué siempre me haces esto?

Y entonces, antes de que ella pudiera decir otra palabra o incluso darme un abrazo de despedida, ¡paf!, crucé el umbral de la puerta como un huracán para agarrar el tren.

La temperatura era agradable afuera, alrededor de los setenta grados Fahrenheit. Después de un invierno glacial, el clima estaba mejorando finalmente y, al parecer, lo mismo sucedía con la suerte de mi familia. El día antes, mi padre se había ganado la lotería. No era una cantidad astronómica de dinero —tan solo unos cuantos miles de dólares—, pero para nosotros era como el premio mayor. Y además, el amor fluía de nuevo en nuestra casa: mi sobrina de cuatro años, que había estado lejos de nuestra familia desde que mi hermano mayor, Eric, y su esposa se habían separado, estaba pasando un tiempo con nosotros. Yo lo veía como una señal de que las cosas estaban mejorando, de que llegarían tiempos mejores.

Miré mi reloj mientras corría por el campus. Tres minutos para que sonara el timbre. Incluso antes de las ocho de la mañana, el lugar bullía de actividad. ¿Se acuerdan de Fame, esa serie de televisión de los años ochenta sobre una escuela secundaria de artes escénicas en Nueva York? Bueno, estudiar en BAA se sentía como entrar al set de ese programa. Muchos chicos bailaban y se movían con frenesí. Al lado, otro grupo cantaba canciones a todo pulmón o hacía dibujos artísticos en las paredes. La energía era una locura, sobre todo justo antes del festival de primavera, la noche en que nuestros padres vendrían a vernos mientras nos presentábamos en el escenario. Era la noche más especial del año, y mi número —una canción de amor a dúo llamada «La Última Noche del Mundo», de Miss Saigón— era parte del acto final.

Justo a tiempo, pero casi sin aliento, doblé la esquina hacia el salón de Humanidades. Era así como nuestro día estaba organizado: en primer lugar, veíamos materias académicas como Matemáticas y Ciencia, y luego estaban los cursos de la tarde, para los que yo vivía: Teatro, Arte y Música. Y como sólo faltaban tres semanas para el festival de primavera, también me empecé a quedar hasta tarde para poder practicar un poco más. No sólo quería que mi número fuera bueno, quería que fuera absolutamente perfecto.

La mañana transcurrió lentamente. Nueve. Diez. Once. Doce. Y con cada hora que pasaba, me sentía cada vez más rara. No como en Twilight Zone, sino más como ese agujero en el estómago que sientes cuando algo no está en el lugar adecuado. Me imaginé que era por la forma en que había tratado a mi mamá; sabía que tenía que pedirle disculpas. Por otra parte, no le diría en realidad que lo sentía. Para evitar esa incomodidad, lloraría un poco para demostrarle lo mucho que la amaba y que no tenía la intención de ser tan desagradable.

Por fin, el día escolar había terminado, lo que significaba que era hora de ensayar. Cuando llegué a la sala de música —un estudio grande—, mi maestro, el señor Stewart, ya estaba allí. Y también Damien, el chico negro y dulce con afro y gafas que era la otra parte de mi dúo.

—¿Necesitas calentar? —me preguntó el señor Stewart. Como de costumbre, llevaba una corbata, una camisa de cuello y esa gran sonrisa por la que todos lo conocíamos. Estaba sentado al piano.

—Estoy bien —le dije. Escondí mi mochila en una silla y rápidamente me senté cerca de Damien. El señor Stewart extendió sus partituras, apoyó los dedos sobre las teclas y tocó las notas iniciales de la balada. La parte de Damien tenía lugar antes que la mía.

—En un lugar que no nos deja sentir —cantó en voz baja—, en una vida en la que nada parece real, te he encontrado … Te he encontrado.

Mi verso seguía a continuación.

—En un mundo que se está moviendo demasiado rápido —canté ligeramente desentonada—, en un mundo donde nada puede durar, te abrazaré …

El señor Stewart dejó de tocar.

—¿Segura de que estás bien, Diane? —me preguntó.

Me encogí de hombros.

—Estoy bien, supongo —le dije—. Simplemente un poco oxidada.

Mierda. Había estado practicando esta canción frente al espejo de mi cuarto durante días; me la sabía de principio a fin. Pero por alguna razón no me estaba saliendo bien. Probablemente eran los nervios.

—Vamos a intentarlo de nuevo —dijo Stewart.

Me puse completamente erguida y me aclaré la garganta. La música comenzó. Cuando se aproximó mi parte, cerré los ojos para poder concentrarme.

—En un mundo que se está moviendo demasiado rápido —canté—, en un mundo donde nada puede durar, te abrazaré … Te abrazaré.

Abrí los párpados durante el tiempo suficiente para ver el visto bueno del profesor. Exhala. Durante todo el año había estado tratando de averiguar si esto de la música era para mí, si realmente podía llegar lejos como cantante. Y gracias al señor Stewart, estaba empezando a creer que tenía una oportunidad. Él me había tomado bajo su ala y me estaba ayudando a encontrar mi sonido, mi voz, mi lugar. No podía esperar a que mi familia viniera a escucharme.

De camino a casa, me detuve en Foot Locker. Después de que mi papi ganara el Powerball, me había dado orgullosamente un flamante billete de cincuenta dólares.

—Cómprate algo bonito, preciosa —me dijo—. Lo que quieras.

Yo había decidido gastármelos en unas zapatillas deportivas, unos Adidas lindos y clásicos con tres franjas laterales. Les había puesto el ojo desde hacía varias semanas; pensé que yo era Run-D.M.C.

Eran geniales (sí, era el sueño de los noventa hecho realidad).

—¿No son sensacionales? —le dije a mi amiga Martha, una chica tímida de mi barrio que se encontraba en la tienda ese día. Ella sonrió, mostrando su boca llena de brackets.

—Puedes llevártelos puestos, si quieres —me dijo el empleado—. Te envolveré el otro par.

Momentos más tarde, entregué mi dinero en efectivo, metí mis tenis viejos en mi bolso y me dirigí al tren: la línea naranja. Eso fue a las cinco y media.

A las seis y quince, el tren se detuvo en la estación de Stony Brook. Di un paseo a través de la plataforma, mirando mis Adidas todo el tiempo. ¡Qué droga! Afuera, el sol se estaba poniendo ligeramente. Yo sabía que mis padres se estarían preguntando a qué horas llegaría a casa, por lo que decidí llamarlos.

Vi un teléfono público —sí, los teléfonos públicos aún existían— y caminé hacia él. Saqué una moneda de veinticinco centavos del bolsillo trasero de mis jeans, introduje la moneda y marqué. Ring, ring, ring, ring. «Usted ha llamado a María, Héctor y Diane —dijo la voz de mi madre en la máquina—. Ahora no estamos aquí. Por favor déjenos un mensaje». Bip.

Uno de mis padres siempre estaba en casa a esa hora del día. Siempre. Y ninguno de ellos había mencionado tener planes. ¿Dónde podrían estar? Busqué una segunda moneda en mis bolsillos, con las manos temblorosas. Nada. Agarré mi mochila, abrí la cremallera del compartimiento trasero y deslicé el dedo índice a lo largo del borde inferior. Bingo. Forcé la moneda en la ranura y apreté duro cada dígito. Ring, ring, ring, ring. Una vez más, no hubo respuesta.

De repente, me tercié la mochila y salí disparada. Había corrido estas tres cuadras a nuestra casa decenas de veces; sabía cuál era la ruta hasta con los ojos cerrados. Que estén en casa, rezaba con cada paso. «Dios, por favor, permite que estén allá». Cuanto más rápido corría, más lento parecía estar moviéndome. Una cuadra. Una y media. Dos cuadras. Una muchacha me gritó desde su motoneta: «¡Oye, Diane!». Pero estaba tan exhausta que no pude responderle. El cordón de mi zapatilla derecha se desanudó. No me detuve para atarlo de nuevo.

Cuando llegué a nuestra calle vi la vagoneta Toyota de mi papá en el camino de la entrada. Alivio. «No oyeron el teléfono —me aseguré a mí misma—. Tienen que estar aquí». Corrí hasta el porche y saqué mi juego de llaves, pasándolas hasta llegar a la plateada. La deslicé en el cerrojo, contuve la respiración y traté de prepararme para lo que vería más allá de esa puerta. Todavía no puedo creer lo que hice.

 

 

Copyright © 2016 Diane Guerrero

 

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