Ve y pon un centinela (Go Set a Watchman - Spanish Edition)

by Harper Lee

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Desde Atlanta, venía mirando por la ventanilla del vagón restaurante con un deleite casi físico. Mientras se tomaba el café del desayuno, vio cómo quedaban atrás las últimas colinas de Georgia y aparecía la tierra rojiza, y con ella las casas con tejados de chapa en medio de patios bien barridos, y en los patios las inevitables matas de verbena rodeadas de neumáticos encalados. Sonrió cuando vio la primera antena de televisión en lo alto de una casa de negros sin pintar. Conforme aparecían más y más, se redobló su alegría.

Jean Louise Finch siempre hacía el viaje por aire, pero para aquella visita anual a casa decidió ir en tren desde Nueva York hasta el Empalme de Maycomb. Por un lado, porque se había llevado un susto de muerte la última vez que viajó en avión, cuando el piloto optó por atravesar un tornado. Por otro, porque llegar a casa en avión significaba que su padre tenía que levantarse a las tres de la mañana, conducir ciento sesenta kilómetros para ir a buscarla a Mobile y trabajar después toda la jornada. Tenía ya setenta y dos años, y no era justo hacerle eso.

Se alegraba de haber decidido ir en tren. Los trenes habían cambiado desde su niñez, y la novedad de la experiencia le divertía: cuando apretaba un botón que había en la pared, se materializaba un genio orondo en forma de revisor; cuando lo pedía, un lavamanos de acero inoxidable salía de otra pared, y había un retrete sobre el que se podían poner los pies.

Resolvió no dejarse intimidar por los mensajes estampados en varios lugares de su compartimento (un «coche cama», lo llamaban) pero, al acostarse la noche anterior, se las había arreglado para quedar atrapada entre la cama y la pared por no hacer caso del letrero que recomendaba BAJAR LA PALANCA HASTA LOS SOPORTES. Para sonrojo de Jean Louise, que tenía por costumbre dormir solo con la parte de arriba del pijama, tuvo que ser el revisor quien la sacara del apuro. Por suerte, dio la casualidad de que iba haciendo su ronda por el pasillo cuando aquella trampa se cerró con ella dentro.

—¡Yo la saco, señorita! —gritó en respuesta a los golpes que llegaban desde dentro.

—No, por favor —dijo ella—, solo dígame cómo salir de aquí.

—Puedo ponerme de espaldas para sacarla —respondió, y así lo hizo.

Esa mañana, cuando despertó, el tren iba traqueteando y resoplando por los campos de Atlanta, pero, obedeciendo otro letrero que había en su compartimento, Jean Louise se quedó en la cama hasta que pasaron como una exhalación por College Park. Al vestirse se puso su ropa de Maycomb: pantalones grises, blusa negra sin mangas, calcetines blancos y mocasines. Aunque quedaban aún cuatro horas, ya podía oír el resoplido de desaprobación de su tía.

Cuando comenzaba a tomarse la cuarta taza de café, el Crescent Limited saludó a otro tren que iba hacia el norte con un graznido, cual un ganso gigantesco, y cruzando el Chattahoochee se adentró en Alabama.

El río Chattahoochee es ancho, plano y fangoso. Ese día estaba bajo; un banco de arena amarilla había reducido su caudal hasta convertirlo en un hilo de agua. «Quizá cante en invierno», pensó. «No recuerdo ni un verso de ese poema. ¿Era «Soplando mi flautín por valles agrestes»? No. ¿Se lo dedicaba a un pato o a una cascada?».

Tuvo que reprimir con firmeza un conato de alborozo cuando cayó en la cuenta de que Sidney Lanier tenía que haberse parecido un poco a Joshua Singleton St. Clair, un primo suyo muerto hacía mucho tiempo cuyo coto literario privado se extendía desde el Cinturón Negro hasta Bayou La Batre. Su tía solía ponerle a Joshua como un ejemplo familiar que no había que tomarse a la ligera: era hombre de espléndida figura, un poeta desaparecido en la flor de la vida, y ella haría bien en recordar que constituía un orgullo para la familia. Sus retratos les dejaban en buen lugar: el primo Joshua tenía la apariencia de un Algernon Swinburne un tanto andrajoso.

Jean Louise sonrió al recordar el resto de la historia, que le había contado su padre. El primo Joshua había desaparecido, sí, pero no por obra de Dios, sino de los servidores del César. Cuando estaba en la universidad, estudiaba demasiado y pensaba en exceso. De hecho, se consideraba a sí mismo salido directamente del siglo XIX. Vestía capa de estilo Inverness y calzaba botas militares de caña alta que le fabricó un herrero según un diseño propio. Las autoridades frustraron su intento de matar a tiros al rector de la universidad, quien a su modo de ver era poco más que un experto en limpiar cloacas, lo cual sin duda era cierto pero no justificaba una agresión a mano armada. Después de mucho trasiego de dinero, el primo Joshua fue retirado de la circulación e ingresado en una institución pública para desequilibrados, donde permaneció el resto de sus días. Decían que era un individuo cabal en todos los sentidos hasta que alguien mencionaba el nombre del rector. Entonces se le crispaba el rostro, adoptaba la postura de una grulla trompetera y así se quedaba ocho horas o más, sin que nada ni nadie pudiera hacerle bajar la pierna hasta que se olvidaba del rector. Cuando tenía un día lúcido leía griego, y dejó un pequeño volumen de versos que mandó imprimir a título privado a una empresa de Tuscaloosa. Era una poesía tan adelantada a su época que nadie la ha descifrado aún, pero la tía de Jean Louise la tenía expuesta como quien no quiere la cosa, en lugar bien visible, en una mesa del salón.

Jean Louise se rio en voz alta, y después miró alrededor para ver si alguien la había oído. Su padre sabía cómo socavar los sermones de su hermana sobre la superioridad intrínseca de los Finch: siempre le contaba a su hija lo que su tía se callaba, adoptando un aire calmoso y solemne, aunque Jean Louise a veces creía distinguir un inequívoco destello de irreverencia en los ojos de Atticus Finch. ¿O era solo la luz que se reflejaba en los cristales de sus gafas? Nunca lo supo.

El paisaje campestre y el tren se habían ido difuminando hasta convertirse en un suave balanceo, y no veía más que pastos y vacas negras desde la ventanilla hasta el horizonte. Se preguntaba por qué su tierra nunca le había parecido hermosa.

La estación en Montgomery estaba enclavada en un recodo del río Alabama y, al bajarse del tren para estirar las piernas y asaltarla su grisura, sus luces y sus curiosos aromas, sintió la familiaridad del reencuentro. «Pero falta algo», pensó. «Los cojinetes recalentados, eso es». Un hombre se tumba junto a los bajos del tren con una palanca. Se oye un ruido metálico y luego un s-sss-sss, sube un humo blanco y uno tiene la impresión de estar dentro de una vaporera. «Ahora estos cacharros funcionan con petróleo».

Sin motivo aparente, la inquietaba un antiguo temor. Hacía veinte años que no pisaba aquella estación, pero cuando de niña iba a la capital con Atticus le aterrorizaba que el tren, en su zarandeo, se precipitara por la ribera del río y acabaran todos ahogados. Sin embargo, cuando volvió a subir a bordo camino a casa, se olvidó de aquello.

El tren traqueteaba atravesando pinares, y tocó la bocina con aire guasón al pasar junto a una locomotora varada en un claro, con su chimenea campanuda y sus alegres colores, como una pieza de museo. Llevaba el cartel de una empresa maderera, y el Crescent Limited podría habérsela tragado entera y aún le habría quedado sitio. Greenville, Evergreen, Empalme de Maycomb.

Le había dicho al maquinista que no se olvidara de detener el tren para que se apeara y, como era un hombre mayor, adivinó la broma que iba a gastarle: pasaría por el Empalme de Maycomb a toda pastilla, detendría el tren seiscientos metros más allá de la pequeña estación y luego, al despedirse de ella, le diría que lo sentía, que casi se le había olvidado. Los trenes cambiaban; los maquinistas, no. Gastar bromas a las jovencitas en las estaciones donde el tren se detenía a petición del viajero era una marca de la casa, y Atticus, que era capaz de predecir lo que haría cada maquinista desde Nueva Orleans hasta Cincinnati, la estaría esperando, por tanto, ni a seis pasos de distancia del lugar donde tendría que apearse.

Su casa estaba en el condado de Maycomb, una circunscripción de unos ciento doce kilómetros de longitud y casi cincuenta en su punto más ancho, un desierto salpicado de diminutos asentamientos, el mayor de los cuales era Maycomb, la sede del gobierno local. Hasta una época relativamente reciente en su historia, el condado había estado tan apartado del resto del país que algunos de sus vecinos, ignorantes de las inclinaciones políticas del Sur en los últimos noventa años, seguían votando a los republicanos. Hasta allí no llegaba ningún tren: en realidad, el Empalme de Maycomb (al que se daba ese nombre por simple cortesía) estaba ubicado en el condado de Abbott, a treinta kilómetros de distancia. El servicio de autobuses era impredecible y no parecía llevar a ninguna parte, pero el Gobierno Federal había impuesto la construcción de una o dos carreteras que atravesaban los pantanos, dando así a los vecinos una oportunidad de salir y entrar a su antojo. Eran muy pocos, sin embargo, los que se servían de ellas, porque ¿para qué? Total, si uno se conformaba con poco, allí en Maycomb tenía de todo.

El condado y la ciudad llevaban el nombre de un tal coronel Mason Maycomb, un individuo cuya errónea confianza en sí mismo y cuya arrogante tozudez hicieron cundir el pasmo y la confusión entre quienes cabalgaron a su lado en las guerras contra los indios creek. El territorio donde operaba era vagamente montañoso por el norte y plano por el sur, en los márgenes de la llanura costera. El coronel Maycomb, convencido de que los indios aborrecían luchar en terreno llano, peinó en su busca el extremo norte del territorio. Cuando su general descubrió que Maycomb estaba vagando por las colinas mientras los creek acechaban en el sur, detrás de cada soto de pinos, le mandó a un emisario indio amigo con el mensaje: «Váyase al sur, maldita sea». Maycomb, persuadido de que aquello era un ardid de los creek para atraparlo (¿acaso su cabecilla no era un diablo pelirrojo y de ojos azules?), hizo prisionero al emisario indio y siguió avanzando hacia el norte hasta que sus tropas se perdieron sin remedio en el bosque virgen, quedándose sin participar en las guerras para desconcierto de todos.

Cuando hubieron pasado suficientes años para que el coronel Maycomb se convenciera por fin de que el mensaje podía ser, después de todo, auténtico, emprendió la marcha hacia el sur, y por el camino sus tropas se encontraron con colonos que avanzaban tierra adentro y que les informaron de que las guerras indias prácticamente habían terminado. Las tropas y los colonos entablaron tal amistad que con el tiempo llegaron a ser los antepasados de Jean Louise Finch. El coronel Maycomb, por su parte, siguió avanzando hasta lo que ahora es Mobile para asegurarse de que sus hazañas recibieran el reconocimiento debido. La versión oficial de la historia no coincide con la verdad, pero estos son los hechos tal y como pasaron de boca en boca con el paso de los años y como sabe todo vecino de Maycomb.

—… sus maletas, señorita —dijo el revisor.

Jean Louise lo siguió desde el vagón restaurante hasta su compartimento. Sacó dos dólares de la cartera: uno por rutina y otro por haberla sacado de apuros la noche anterior. El tren, como era de esperar, pasó como un rayo por la estación y se detuvo cuatrocientos metros después. Apareció el maquinista sonriendo y dijo que lo lamentaba, que casi se le va el santo al cielo. Jean Louise le devolvió la sonrisa y esperó con impaciencia a que el revisor colocara el escalón amarillo. La ayudó a bajar y ella le dio los dos billetes de dólar.

Su padre no la estaba esperando.

Miró vía arriba, hacia la estación, y vio a un hombre alto parado en el minúsculo andén. Se bajó del andén de un salto y corrió hacia ella.

Le dio un abrazo de oso, la apartó, la besó con fuerza en la boca y acto seguido la besó con delicadeza.

—Aquí no, Hank —murmuró ella, muy contenta.

—Calla, niña —dijo él sujetando su cara—. Te besaré en las escaleras del juzgado si quieres.

Quien ostentaba el derecho a besarla en las escaleras del juzgado era Henry Clinton, su amigo de toda la vida, el camarada de su hermano y, si seguía besándola de ese modo, su esposo. «Ama a quien quieras pero cásate con los de tu clase» era una sentencia que, en el caso de Jean Louise, equivalía a un instinto. Henry Clinton era de su clase, y a Jean Louise aquella sentencia ya no se le hacía particularmente dura.

Caminaron por la vía agarrados del brazo para recoger su maleta.

—¿Cómo está Atticus? —preguntó ella.

—Hoy tiene calambres en las manos y los hombros.

—No puede conducir cuando está así, ¿verdad?

Henry cerró a medias los dedos de la mano derecha y dijo:

—Solo puede cerrarlos hasta aquí. Cuando está así, la señorita Alexandra tiene que atarle los zapatos y abrocharle los botones de la camisa. Ni siquiera puede sostener la cuchilla de afeitar.

Jean Louise negó con la cabeza. Era demasiado adulta para quejarse de lo injusto que era aquello y demasiado joven para aceptar sin un conato de resistencia la enfermedad que estaba dejando inválido a su padre.

—¿No se puede hacer nada?

—Ya sabes que no —contestó Henry—. Se toma cuatro gramos de aspirina al día, eso es todo.

Levantó la pesada maleta y fueron caminando hacia el coche. Jean Louise se preguntó cómo se comportaría ella cuando le llegara la hora de tener dolores día tras día. No como Atticus: si le preguntabas cómo se encontraba, te lo decía, pero nunca se quejaba. Su talante se mantenía inalterable, de modo que, para descubrir cómo estaba, había que preguntárselo.

Henry descubrió su enfermedad por accidente. Un día que estaban en la sala de archivos del juzgado buscando la escritura de unas tierras, Atticus se puso de pronto totalmente blanco y soltó el pesado libro de hipotecas que llevaba entre las manos.

—¿Qué sucede? —preguntó Henry.

—Artritis reumatoide. ¿Puedes hacerme el favor de recogerlo? —dijo Atticus.

Henry le preguntó desde cuándo sufría aquella enfermedad y Atticus le respondió que desde hacía seis meses. ¿Lo sabía Jean Louise? No. Entonces, más valía que se lo dijera.

—Si se lo dices, vendrá enseguida y se empeñará en cuidarme. El único remedio para esto es no permitir que pueda contigo.

Y así quedó zanjado el tema.

—¿Quieres conducir?

—No seas tonto —le contestó ella.

Aunque conducía bastante bien, detestaba manejar cualquier cosa mecánica que fuera más complicada que un imperdible. Plegar una tumbona era para ella fuente de profunda irritación; nunca había aprendido a montar en bicicleta, ni a escribir a máquina, y pescaba con un palo. Su deporte favorito era el golf porque sus principios esenciales consistían en un palo, una pelotita y cierta disposición mental.

Verde de envidia, observó la maestría con que Henry manejaba el automóvil, sin el menor esfuerzo. «Los coches están a su servicio», pensó.

—¿Dirección asistida? ¿Transmisión automática? —preguntó.

—Faltaría más —respondió él.

—Ya, pero ¿y si todo se apaga y no tienes marchas que cambiar? Entonces tendrías problemas, ¿a que sí?

—Pero no va a apagarse.

—¿Cómo lo sabes?

—Para eso está la fe. Ven aquí.

Fe en la General Motors. Jean Louise reposó la cabeza sobre su hombro.

—Hank —le dijo al cabo de un rato—, ¿qué fue lo que pasó de verdad?

Era una vieja broma entre ellos. Debajo del ojo derecho de Hank comenzaba una cicatriz rosada que tocaba el borde de su nariz y corría en diagonal cruzando su labio superior. Detrás del labio tenía seis dientes postizos que no se quitaba ni siquiera por Jean Louise, por más que ella insistía en que se los mostrara. Había vuelto de la guerra con ellos. Un alemán le había golpeado en la cara con la culata de un fusil, más por expresar su desagrado por el fin de la guerra que por otra cosa. Jean Louise había decidido conceder credibilidad a su historia aunque, entre los cañones que disparaban más allá del horizonte, los B-17, las bombas V y otras cosas parecidas, era probable que Henry no hubiera visto a los alemanes ni de lejos.

—Está bien, cariño —dijo él—. Estábamos en un sótano, en Berlín. Todos habíamos bebido demasiado y comenzó una pelea… Porque quieres que te cuente algo creíble, ¿verdad? ¿Vas a casarte conmigo ya?

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Quiero ser como el doctor Schweitzer y seguir con la música hasta cumplir los treinta.

—Él tocaba bien —repuso Henry con un punto de amargura.

Jean Louise se revolvió bajo su brazo.

—Ya sabes lo que quiero decir —dijo.

—Sí.

No había un chico mejor que Henry Clinton, afirmaba la gente de Maycomb, y Jean Louise estaba de acuerdo. Henry era del extremo sur del condado. Su padre había abandonado a su madre poco después de su nacimiento, y ella había trabajado día y noche en su tiendecita del cruce para que Henry pudiera estudiar en la escuela pública de Maycomb. Henry vivía desde los doce años en una pensión, enfrente de la casa de los Finch, y eso por sí solo lo situaba en un plano superior: era dueño de sí mismo, libre de la autoridad de cocineras, jardineros y padres. También era cuatro años mayor que ella, lo cual suponía una gran diferencia en aquel entonces.

Henry se burlaba de ella; ella lo adoraba. Su madre murió cuando él tenía catorce años y no le dejó casi nada. Atticus Finch se ocupó del poco dinero que se obtuvo de la venta de la tienda (la mayor parte se fue en los gastos del funeral), añadió algo de su bolsillo sin que nadie se enterara y le consiguió un empleo a Henry como dependiente en Jitney Jungle después de clase. Henry se graduó y se alistó en el ejército, y después de la guerra fue a la universidad y estudió Derecho.

Más o menos en aquella época, un buen día, el hermano de Jean Louise murió de repente y, tras la pesadilla que supuso todo aquello, Atticus, que siempre había pensado en dejarle el bufete a su hijo, miró a su alrededor en busca de otro joven. Le pareció natural que ese joven fuera Henry y, a su debido tiempo, este se convirtió en su chico para todo, en sus ojos y sus manos. Henry siempre había respetado a Atticus Finch. Al poco tiempo el respeto se transformó en afecto, y desde entonces Henry le consideraba un padre.

A Jean Louise, en cambio, no la consideraba una hermana. En los años en que estuvo fuera, primero en la guerra y luego en la universidad, Jean Louise había pasado de ser una criatura malhumorada que vestía pantalones de peto y estiraba la goma de mascar, a convertirse en un razonable facsímil de un ser humano. Comenzó a salir con ella durante las visitas de dos semanas que ella hacía todos los años a casa, y aunque seguía moviéndose como un muchacho de trece años y renegaba de la mayor parte de los adornos femeninos, Henry veía algo tan intensamente femenino en ella que se enamoró. Era fácil encontrarla atractiva y fácil estar con ella, casi siempre, aunque no fuera, en ningún sentido de la palabra, una persona fácil. La afligía una inquietud de espíritu que Henry no alcanzaba a entender, y sin embargo estaba convencido de que eran el uno para el otro. La protegería, se casaría con ella.

—¿Cansada de Nueva York? —le preguntó.

—No.

—Dame carta blanca estas dos semanas y haré que te canses de esa ciudad.

—¿Eso es una proposición indecente?

—Sí.

—Entonces, vete al infierno.

Henry detuvo el coche. Giró la llave de contacto y se volvió para mirarla. Jean Louise siempre sabía cuándo hablaba en serio porque el cabello cortado casi al cero se le erizaba como un cepillo, le cambiaba el color de la cara y la cicatriz se le enrojecía.

—Cariño, ¿quieres que lo diga como un caballero? Señorita Jean Louise, he llegado a una situación económica que permite el sostén de dos personas. Yo, como el Israel del Antiguo Testamento, he trabajado siete años por ti en los viñedos de la universidad y en los pastos de la oficina de tu padre…

—Le diré a Atticus que sean otros siete.

—Qué mala eres.

—Además —añadió ella—, ese fue Jacob. No, Israel y Jacob eran el mismo. Siempre cambiaban de nombre cada tres versículos. ¿Cómo está la tía?

—Sabes perfectamente que lleva treinta años como una rosa. No cambies de tema.

Jean Louise movió las cejas.

—Henry —le dijo remilgadamente—, tendré una aventura contigo pero sin casarme.

Acertó de lleno.

—¡Por Dios, Jean Louise, no seas cría! —balbució Henry y, olvidando los últimos adelantos de la General Motors, agarró la palanca de cambio y pisó el embrague. Como no respondieron, giró violentamente la llave de arranque, pulsó varios botones y el gran automóvil se deslizó lenta y suavemente por la carretera.

—Es lenta esta camioneta, ¿no? —observó ella—. No sirve para moverse por la ciudad.

Henry la fulminó con la mirada.

—¿A qué te refieres?

Un minuto más y aquello se convertiría en pelea. Henry hablaba en serio. Más valía ponerlo furioso y que se callara. Así ella tendría tiempo para pensárselo.

—¿De dónde has sacado esa corbata tan fea? —le preguntó.

Y ahí se quedó.

Estaba casi enamorada de él. «No, eso es imposible», pensó. «O estás enamorada o no lo estás. El amor es lo único de este mundo que es inequívoco. Hay distintas clases de amor, pero todas se sienten o no se sienten».

Era del tipo de persona que, al toparse con una salida fácil, toma siempre el camino más difícil. En este caso, la salida fácil sería casarse con Hank y dejar que trabajara para mantenerla. Pasados unos años, cuando los niños le llegaran a la cintura, aparecería el hombre con quien debería haberse casado desde un principio. Habría examen de conciencia por ambas partes, fiebres y preocupaciones, largas miradas cruzadas en la escalera de la oficina de correos y desdicha por doquier. Y cuando dejaran atrás los gritos y los elevados principios morales, solo quedaría otra fea aventurilla más, estilo club de campo de Birmingham, y un infierno privado de creación propia, pertrechado, eso sí, con los últimos electrodomésticos marca Westinghouse. Hank no se merecía eso.

No. Por el momento, ella seguiría avanzando por el sendero empedrado de la soltería. Se dispuso a restablecer la paz con honor:

—Cariño, lo siento, de verdad que lo siento —afirmó, y así era.

—No pasa nada —dijo Henry, y le dio una palmadita en la rodilla—. Es que a veces me dan ganas de matarte.

—Sé que soy odiosa.

Henry se la quedó mirando.

—Eres rara, amor. No puedes disimularlo.

Jean Louise le miró.

—¿De qué estás hablando?

—Bueno, por regla general la mayoría de mujeres, antes de casarse, se muestran risueñas y complacientes delante de sus novios. Ocultan sus pensamientos. Tú, en cambio, cariño, si te sientes mal, eres mala.

—¿Y no es más justo para el hombre saber a qué atenerse?

—Sí, pero ¿no te das cuentas de que así nunca vas a pescar a un hombre?

Ella se mordió la lengua ante lo obvio y preguntó:

—¿Y cómo lo hago para convertirme en una seductora?

Henry se aplacó. A sus treinta años, era todo un consejero. Quizá por ser abogado.

—Primero —dijo desapasionadamente—, muérdete la lengua. No discutas con un hombre, sobre todo si sabes que puedes vencerle. Sonríe mucho. Haz que se sienta grande. Dile lo maravilloso que es y sírvele en todo.

Ella mostró una sonrisa radiante y contestó:

—Hank, estoy de acuerdo con todo lo que has dicho. Eres el individuo más perspicaz que he conocido en años, mides uno noventa y cuatro y ¿puedo darte fuego? ¿Qué tal así?

—Fatal.

Volvían a ser amigos.

 

2

Atticus Finch se subió el puño izquierdo de la camisa y volvió a bajárselo con cuidado. Las dos menos veinte. Algunos días, como aquel, llevaba dos relojes: uno antiguo con leontina, de cuando a sus hijos empezaban a salirles los dientes, y uno de pulsera. El primero lo llevaba por costumbre; el segundo lo utilizaba para mirar la hora cuando la rigidez de sus dedos le impedía sacar el otro del bolsillo. Había sido un hombre muy alto hasta que la edad y la artritis le habían reducido a una estatura media. El mes anterior había cumplido los setenta y dos, pero Jean Louise siempre pensaba que andaba por los cincuenta y cinco. Ella no lo recordaba más joven, y él parecía no envejecer.

Delante del sillón en el que estaba sentado había un atril de metal para partituras, y en él reposaba El extraño caso de Alger Hiss. Atticus se inclinó un poco hacia adelante, señal de que desaprobaba lo que estaba leyendo. Un extraño no habría advertido malestar alguno en su semblante, dado que raras veces expresaba ese sentimiento. Un amigo, en cambio, habría anticipado de manera inminente un seco «Humm»: Atticus tenía las cejas levantadas y su boca dibujaba una agradable y fina línea.

—Humm —dijo.

—¿Qué pasa, querido? —preguntó su hermana.

—No entiendo cómo un hombre como este puede tener el atrevimiento de dar su opinión sobre el caso Hiss. Es como si Fenimore Cooper se pusiera a escribir las Novelas de Waverley.

—¿Por qué, querido?

—Tiene una fe pueril en la integridad de los funcionarios civiles y parece pensar que el Congreso está en connivencia con esa aristocracia. No entiende en absoluto la política americana.

Su hermana miró la tapa polvorienta del libro.

—No conozco al autor —afirmó, condenando así el libro para siempre—. Bueno, no te preocupes, querido. ¿No deberían haber llegado ya?

—No me preocupo, Zandra. —Atticus miró a su hermana con expresión alegre.

Zandra tenía un carácter imposible, pero prefería verla a ella que tener a Jean Louise siempre en casa sintiéndose desgraciada. Cuando su hija se sentía infeliz, andaba sin parar de un lado para otro, y a Atticus le gustaba que las mujeres de su casa estuvieran relajadas, en vez de dedicarse a vaciar ceniceros constantemente.

Escuchó que un automóvil entraba en el sendero, oyó cerrarse dos de sus puertas y, un instante después, oyó cerrarse también la puerta de la calle. Con cuidado, apartó el atril con el pie, hizo un vano intento de levantarse del hondo sillón sin servirse de las manos, lo logró a la segunda y acababa de recuperar el equilibrio cuando Jean Louise se abalanzó sobre él. Aguantó su abrazo y lo devolvió lo mejor que pudo.

—Atticus… —dijo ella.

—Lleva su maleta al dormitorio, por favor, Hank —indicó Atticus por encima del hombro de su hija—. Gracias por ir a buscarla.

Jean Louise besó a su tía sin llegar a tocarla con los labios, sacó un paquete de cigarrillos de su bolso y lo lanzó al sofá.

—¿Qué tal el reuma, tía?

—Mejor, cariño.

—¿Y tú, Atticus?

—Mejor, cariño. ¿Has tenido un buen viaje?

—Sí, señor.

Se desplomó en el sofá. Hank regresó de sus tareas, le pidió que le hiciera sitio y se sentó a su lado. Jean Louise bostezó y se estiró.

—¿Qué noticias hay? —preguntó—. Últimamente solo me entero de lo que consigo leer entre líneas en el Maycomb Tribune. Vosotros nunca me escribís.

—Ya te habrás enterado de la muerte del chico del primo Edgar —dijo la tía Alexandra—. Fue una cosa tristísima.

Jean Louise vio que Henry y su padre intercambiaban una mirada. Atticus dijo:

—Un día regresó tarde del entrenamiento, muy acalorado, y saqueó el congelador Kappa Alpha. Se comió además una docena de plátanos y los regó con casi medio litro de whisky. Una hora después estaba muerto. No tuvo nada de triste.

—Vaya —dijo Jean Louise.

—¡Atticus! —le espetó Alexandra—. Era el pequeñín de Edgar.

—Sí que fue horrible, señorita Alexandra —dijo Henry.

—¿Te sigue cortejando el primo Edgar, tía? —preguntó Jean Louise—. Me parece que después de once años ya debería haberte pedido que te cases con él.

Atticus levantó las cejas a modo de aviso. Vio cómo el demonio que su hija llevaba dentro se agitaba y la dominaba: tenías las cejas levantadas, como él, los ojos se le redondearon bajo los párpados pesados y una de las comisuras de su boca se curvó de manera peligrosa. Cuando tenía esa expresión, solo Dios y Robert Browning sabían lo que podía salir de su boca. Su tía protestó:

—Por favor, Jean Louise, Edgar es primo hermano de tu padre y mío.

—A estas alturas del partido, eso no debería importar gran cosa, tía.

—¿Cómo está la gran ciudad? —preguntó Atticus rápidamente.

—Ahora mismo prefiero saber cosas de esta gran ciudad. Vosotros dos nunca me escribís para contarme los cotilleos. Tía, confío en ti para que me resumas las noticias de un año en quince minutos.

Dio unas palmaditas en el brazo a Henry, más que nada para evitar que se pusiera a hablar de trabajo con Atticus. Henry lo interpretó como un gesto de afecto y se lo devolvió.

—Bueno… —dijo Alexandra—. Bien, supongo que ya te habrás enterado de lo de los Merriweather. Eso sí que fue tristísimo.

—¿Qué ha pasado?

—Se han dejado.

—¿Qué? —dijo Jean Louise con sincero asombro—. ¿Quieres decir que se han separado?

—Sí —afirmó su tía con la cabeza.

Jean Louise se volvió a su padre.

—¿Los Merriweather? ¿Cuánto tiempo llevaban casados?

Atticus miró al techo, recordando. Era un hombre minucioso.

—Cuarenta y dos años —dijo—. Yo estuve en su boda.

—Notamos que algo andaba mal cuando iban a la iglesia y se sentaban cada uno en una punta de la sala —observó Alexandra.

—Se miraban con mala cara un domingo tras otro… —dijo Henry.

—Y lo siguiente fue que fueron a mi oficina a pedirme que les arreglara los papeles del divorcio —afirmó Atticus.

—¿Y se los arreglaste? —Jean Louise miró a su padre.

—Sí, se los arreglé.

—¿Con qué base?

—Adulterio.

Jean Louise meneó la cabeza, asombrada. «Señor», pensó, «debe de ser cosa del agua…».

La voz de Alexandra interrumpió sus cavilaciones.

—Jean Louise, ¿has venido en el tren así?

Jean Louise, que estaba distraída, tardó un momento en comprender lo que quería decir su tía con «así».

—Pues… sí —dijo—, pero espera un momento, tía. Salí de Nueva York con medias, guantes y zapatos. Me puse esta ropa después de pasar Atlanta.

Su tía soltó un soplido.

—Me gustaría que esta vez intentaras vestirte mejor mientras estés en casa. La gente se lleva una mala impresión de ti. Piensan que eres… eh… de barrio pobre.

Jean Louise sintió cierto desasosiego. La Guerra de los Cien Años había cumplido más o menos su vigésimo sexto aniversario y, más allá de periodos de inquieta tregua, seguía sin tener visos de acabar.

—Tía —le dijo—, he venido para pasar dos semanas sin hacer nada, simple y llanamente. Dudo que vaya a salir de casa el tiempo que esté aquí. Ya me paso todo el año estrujándome el cerebro. —Se levantó y fue hacia la chimenea, miró furiosa la repisa y se dio la vuelta—. Si la gente de Maycomb no se lleva una impresión, que se lleve otra. Desde luego, no están acostumbrados a verme elegante. —Su tono se volvió más paciente—. Mira, si de repente me presentara ante ellos vestida de punta en blanco, dirían que me he convertido en una neoyorquina. Y ahora vienes tú a decirme que van a creer que no me importa lo que piensen si voy por ahí en pantalones. Dios mío, tía, en Maycomb todo el mundo sabe que hasta que tuve la regla solo me ponía pantalones de peto.

Atticus se olvidó de su dolor de manos. Se inclinó para atarse perfectamente los cordones de los zapatos y se incorporó con la cara enrojecida, pero seria.

—Ya basta, Scout —dijo—. Discúlpate con tu tía. No empieces a discutir nada más llegar a casa.

Jean Louise sonrió a su padre. Cuando tenía algo que reprocharle, Atticus siempre recurría al apodo de su niñez. Ella suspiró.

—Lo siento, tía. Lo siento, Hank. Me siento oprimida, Atticus.

—Entonces, vuélvete a Nueva York a desinhibirte.

Alexandra se puso de pie y alisó las ballenas de su vestido, cuyas protuberancias recorrían su cuerpo de arriba abajo.

—¿Has comido algo en el tren?

—Sí —mintió ella.

—Entonces, ¿qué te parece un café?

—Sí, por favor.

—¿Hank?

—Sí, señora, gracias.

Alexandra salió de la habitación sin preguntar a su hermano.

—¿Aún no has aprendido a beber café? —preguntó Jean Louise.

—No —dijo su padre.

—¿Whisky tampoco?

—No.

—¿Tabaco y mujeres?

—No.

—¿Te diviertes últimamente?

—Voy tirando.

Jean Louise juntó las manos como si agarrara un palo de golf.

—¿Qué tal va? —preguntó.

—No es asunto tuyo.

—¿Todavía sabes manejar el palo?

—Sí.

—No lo hacías del todo mal para estar ciego.

—No les pasa nada a mis… —afirmó Atticus.

—Nada, excepto que no ves.

—¿Te importaría demostrar esa afirmación?

—No, señor. Mañana a las tres, ¿de acuerdo?

—Sí… no. Tengo una reunión. ¿Qué tal el lunes? Hank, ¿tenemos algo el lunes por la tarde?

Hank se removió en su asiento.

—Nada, salvo esa hipoteca a la una. No creo que nos lleve más de una hora.

—Entonces soy todo tuyo —dijo Atticus a su hija—. Aunque por la pinta que tienes, doña Remilgada, va a ser como si un ciego guiara a otro ciego.

Jean Louise había sacado de la chimenea un viejo palo de golf ennegrecido, con la varilla de madera, que durante años había hecho las veces de atizador. Vació el contenido de una gran escupidera antigua llena de pelotas de golf, la puso de lado, lanzó a puntapiés las pelotas de golf al centro del salón y estaba volviendo a meterlas en la escupidera cuando su tía entró de nuevo llevando una bandeja con café, tazas, platos y pastel.

—Entre tu padre, tu hermano y tú —dijo Alexandra—, esta alfombra es una vergüenza. Hank, cuando me vine a vivir aquí para ocuparme de la casa, lo primero que hice fue mandar que la tiñeran del color más oscuro posible. ¿Te acuerdas del aspecto que tenía? Madre mía, había un caminito negro que llegaba desde aquí a la chimenea y que no salía con nada.

—Sí que me acuerdo, señora —afirmó Hank—. Me temo que yo también contribuí.

Jean Louise devolvió el palo de golf a su sitio, al lado de las tenazas de la chimenea, recogió las pelotas de golf y las lanzó a la escupidera. Se sentó en el sofá y observó cómo Hank recogía las pelotas que aún quedaban por ahí. «Nunca me canso de verlo moverse», pensó ella.

Él volvió a sentarse, se bebió una taza de café negro hirviendo a velocidad alarmante y dijo:

—Señor Finch, será mejor que me vaya.

—Espera un poco y me voy contigo —dijo Atticus.

—¿Le apetece, señor?

—Claro que sí. Jean Louise —dijo de repente—, ¿cuánto de lo que pasa por aquí llega a los periódicos?

—¿Te refieres a la política? Bueno, cada vez que el gobernador comete una indiscreción aparece en los tabloides, pero, aparte de eso, nada.

—Me refiero a lo que está haciendo la Corte Suprema para pasar a la posteridad.

—Ah, eso. Bueno, según lo cuenta el Post, da la impresión de que nos desayunamos cada día con un linchamiento. Al Journal le trae sin cuidado, y el Times está tan obsesionado con su compromiso para con la historia que te mata de aburrimiento. No he prestado atención a nada de eso, aparte del boicot a los autobuses y de ese asunto de Mississippi. Atticus, el que el estado no consiguiera una resolución favorable en ese caso ha sido nuestra peor metedura de pata desde la Carga de Pickett.

—Así es. Supongo que los periódicos le sacaron tajada, ¿no?

—Se volvieron locos.

—¿Y la NAACP?

—No sé nada de ese grupo, salvo que el año pasado algún empleado mal informado me envió unos sellos de Navidad de la Asociación y los pegué en las tarjetas que mandé a casa. ¿Recibió la suya el tío Edgar?

—Sí, y también me hizo algunas sugerencias respecto a lo que debería hacer contigo. —Su padre dibujó una ancha sonrisa.

—¿Qué, por ejemplo?

—Ir a Nueva York, agarrarte por el pelo y darte unos azotes. A Edgar nunca le ha gustado tu comportamiento, dice que eres demasiado independiente…

—Nunca ha tenido sentido del humor, ese viejo pomposo, cara de barbo. Así es, exactamente: todo patillas y una boca como la de un barbo. Imagino que piensa que vivir sola en Nueva York equivale, ipso facto, a vivir en pecado.

—Más o menos, sí —dijo Atticus. Se levantó trabajosamente del sillón e indicó a Henry que fuera saliendo. Henry se volvió a Jean Louise.

—¿A las siete y media, cariño?

Ella asintió y miró a su tía por el rabillo del ojo.

—¿Te molesta si me pongo pantalones?

—Sí, señorita.

—Bien dicho, Hank —afirmó Alexandra.

 

3

No había duda al respecto: se mirase como se mirase, Alexandra Finch Hancock era una mujer imponente, tan rotunda por delante como por detrás. Jean Louise se había preguntado a menudo dónde compraba los corsés, aunque nunca había indagado al respecto.

Le elevaban el pecho hasta alturas vertiginosas, le estrechaban la cintura, le realzaban el trasero y daban, en general, la impresión de que la tía Alexandra había tenido en tiempos la silueta de un reloj de arena.

De todos sus parientes, la hermana de su padre era la que más sacaba de quicio a Jean Louise. Alexandra nunca se había portado mal con ella adrede (no se portaba mal con ningún bicho viviente, excepto con los conejos, a los que envenenaba por comerse sus azaleas), pero en ciertos momentos, a su ritmo y a su manera, había convertido su vida en un infierno. Ahora que Jean Louise era adulta, no podían mantener una conversación de quince minutos sin adoptar puntos de vista irreconciliables, lo cual habría resultado estimulante de ser ellas amigas pero, como estaban unidas por estrechos lazos de parentesco, solo producía una cordialidad incómoda. Había muchas cosas de su tía que a Jean Louise le encantaban, en el fondo, cuando las separaba medio continente y que sin embargo encontraba intolerables cuando estaban juntas. Jean Louise, no obstante, no se las tenía en cuenta cuando se paraba a examinar los motivos de su tía. Alexandra era una de esas personas que pasaban por la vida sin coste alguno para sí mismas. Si la hubieran obligado a pagar alguna factura sentimental durante su vida en la Tierra, Jean Louise se la imaginaba parándose en el mostrador de recepción del Cielo para exigir un reembolso.

Había estado casada treinta y tres años. Si ello la había marcado en un sentido o en otro, nunca lo demostraba. Había engendrado un hijo, Francis, quien, en opinión de Jean Louise, se parecía a un caballo y se comportaba como tal. Hacía mucho tiempo que el primo Francis había abandonado Maycomb para irse a Birmingham en busca de la gloria, y allí se dedicaba a vender seguros. Tanto mejor así.

Alexandra había estado y seguía estando oficialmente casada con un hombre apacible y grandullón llamado James Hancock, que dirigía con enorme exactitud un almacén algodonero seis días por semana, y el séptimo pescaba. Un domingo, hacía quince años, envió un mensaje a su esposa por medio de un muchacho negro de su campamento de pesca en el río Tensas avisándola de que se quedaba allí y no pensaba volver. Después de cerciorarse de que no había otra mujer de por medio, a Alexandra no pudo importarle menos. Francis, por su parte, decidió que esa era la cruz que tenía que llevar a cuestas. No entendía por qué el tío Atticus mantenía una excelente relación, aunque fuera remota, con su padre (pensaba que Atticus debía «hacer algo»), y tampoco entendía que su madre no estuviera postrada a causa de la conducta excéntrica, y por lo tanto imperdonable, de su padre. El tío Jimmy, al enterarse de la actitud de Francis, envió otro mensaje desde el bosque diciendo que estaba dispuesto a dar la cara si su hijo quería ir a pegarle un tiro, pero Francis nunca lo hizo. Finalmente, recibió un tercer comunicado de su padre que decía: Si no quieres venir como un hombre, cállate.

La deserción del tío Jimmy no causó la más mínima alteración en el insulso horizonte de Alexandra: sus meriendas para la Sociedad Misionera siguieron siendo las mejores de la ciudad, aumentaron sus actividades en los tres clubes culturales de Maycomb y mejoró su colección de cristal esmerilado cuando Atticus consiguió sacarle algún dinero al tío Jimmy. En resumidas cuentas, Alexandra despreciaba a los hombres y se crecía sin su presencia. Que su hijo hubiera desarrollado todas las características propias de un hipócrita era algo que escapaba a su atención. Solo sabía que se alegraba de que viviera en Birmingham, porque la adoraba de una manera asfixiante, y ella se sentía obligada a hacer el esfuerzo de corresponderle, cosa que era incapaz de hacer con cierto grado de espontaneidad.

Para todos aquellos que participaban de la vida del condado, Alexandra era, sin embargo, la última de su especie: tenía modales de internado de señoritas, de barco de recreo. Si de defender la moralidad se trataba, era siempre la primera. Era una criticona, una chismosa incurable.

En los tiempos en que iba a la escuela, el concepto de autocrítica no aparecía en ningún libro de texto, de ahí que Alexandra desconociera su significado. Nunca se aburría y, a la más mínima ocasión, ejercía su prerrogativa real: disponía, aconsejaba, advertía y prevenía.

Ignoraba por completo que, con solo mover la lengua, podía hundir a Jean Louise en un torbellino moral y lograr que su sobrina dudara de sus propios motivos y sus buenas intenciones, tañendo las cuerdas de la conciencia protestante y farisaica de Jean Louise hasta hacerlas vibrar como una cítara espectral. Si Alexandra hubiera pulsado alguna vez los puntos flacos de Jean Louise intencionadamente, podría haberse colgado otra cabellera del cinturón, pero, después de años de estudio táctico, Jean Louise conocía al enemigo. Y aunque podía ponerla en fuga, aún no había aprendido a reparar los estragos de sus ataques.

La última vez que tuvo una escaramuza con Alexandra fue cuando murió su hermano. Después del funeral de Jem, estaban las dos en la cocina recogiendo los restos del banquete tribal que acompañaba siempre a la muerte en Maycomb. (Calpurnia, la vieja cocinera de los Finch, se había marchado para no volver al enterarse de la muerte de Jem.) Alexandra atacó como Aníbal:

—Creo, Jean Louise, que es hora de que regreses a casa de una vez por todas. Tu padre te necesita muchísimo.

Debido a su larga experiencia, Jean Louise se crispó inmediatamente. Pensó: «Mientes. Si Atticus me necesitara, yo lo sabría. No puedo hacerte entender cómo lo sabría porque no consigo que me escuches».

—¿Me necesita? —preguntó.

—Sí, querida. Seguro que lo entiendes. No debería tener que decírtelo.

«Dímelo. Ponme en mi sitio. Hala, métete con tus zapatones en nuestro terreno privado. Pues, mira, mi padre y yo ni siquiera hablamos de eso».

—Tía, si Atticus me necesita, tú sabes que me quedaré. Pero ahora mismo le hago tanta falta como un tiro en la cabeza. Los dos juntos aquí, en esta casa, seríamos muy desgraciados. Él lo sabe, yo lo sé. ¿No ves que, a no ser que retomemos lo que hacíamos antes de que pasara esto, nuestra recuperación será mucho más lenta? Tía, no puedo hacértelo entender, pero la única manera en que de verdad puedo cumplir con mi obligación para con Atticus es haciendo lo que estoy haciendo: ganarme el sustento y vivir mi vida. Atticus solo me necesitará cuando falle su salud, y no hace falta que te diga qué haré entonces. ¿Es que no lo ves?

No, no lo veía. Alexandra veía solo lo que veía Maycomb, y Maycomb esperaba que toda hija cumpliera con su obligación. La obligación de una hija para con su padre viudo después de la muerte de su único hijo varón estaba clara: Jean Louise debía regresar y vivir con Atticus. Era lo que hacía una hija, y la que no lo hacía no era una hija.

—Puedes conseguir un empleo en el banco e ir a la costa los fines de semana. Ahora hay mucha animación en Maycomb. Un montón de gente joven nueva. A ti te gusta pintar, ¿no?

«Te gusta pintar». ¿Cómo demonios pensaba Alexandra que pasaba las veladas en Nueva York? Igual que el primo Edgar, seguramente: reunión de la Liga de Alumnos de Pintura todas las noches de la semana, a las ocho. Las señoritas hacían bocetos, pintaban acuarelas, escribían breves párrafos de prosa imaginativa. Para Alexandra, había una diferencia clarísima (y enojosa) entre alguien que pinta y un pintor, alguien que escribe y un escritor.

—… en la costa hay muchas vistas bonitas, y tendrás libres los fines de semana.

«Dios mío. Me agarra cuando estoy a punto de enloquecer y me organiza la vida para siempre. ¿Cómo puede ser su hermana y no tener ni la más remota idea de lo que se le pasa por la cabeza a Atticus, a mí, a cualquiera? Ay, Señor, ¿por qué no nos diste labia suficiente para que nos entienda la tía Alexandra?»

—Tía, es fácil decirle a alguien lo que tiene que hacer…

—Pero muy difícil conseguir que lo haga. Esa es la causa de la mayoría de los problemas de este mundo, las personas que no hacen lo que se les dice.

Estaba decidido, definitivamente. Jean Louise se quedaría en casa. Alexandra se lo diría a Atticus, y le haría el hombre más feliz del mundo.

—Tía, no me voy a quedar en casa y, si lo hiciera, Atticus sería el hombre más infeliz del mundo. Pero no te preocupes, él lo entiende perfectamente y estoy segura de que, si te lo propones, tú se lo harás entender también a Maycomb.

De repente, su tía hundió el cuchillo hasta el fondo:

—¡Jean Louise, a tu hermano le preocupó hasta el día de su muerte que fueras tan desconsiderada!

Estaba lloviendo, hacía una noche calurosa y la lluvia estaría cayendo suavemente sobre su tumba. «Nunca lo dijiste, ni siquiera lo pensaste; si lo hubieras pensado, lo habrías dicho. Tú eras así. Descansa en paz, Jem».

Sin embargo, echó sal en la herida: «Soy una desconsiderada, sí. Egoísta, terca, como demasiado y parezco un devocionario: Señor, perdóname por no hacer lo que debería haber hecho y por hacer lo que no debería haber hecho… Ay, demonios».

Regresó a Nueva York con un peso en la conciencia que ni siquiera Atticus fue capaz de aliviar.

De eso hacía ya dos años, y desde entonces ella había dejado de preocuparse por lo desconsiderada que era y Alexandra la había descargado de ese peso emprendiendo el único acto generoso de su existencia: cuando a Atticus se le declaró la artritis, se fue a vivir con él. Jean Louise sentía una humilde gratitud. De haber sabido Atticus el acuerdo tácito al que habían llegado su hermana y su hija, jamás las habría perdonado. Él no necesitaba a nadie, pero era una idea excelente que hubiera alguien cerca para echarle un ojo, abrocharle la camisa cuando no le obedecían los dedos y llevar la casa. Calpurnia lo había hecho hasta hacía seis meses, pero era tan vieja ya que Atticus hacía más tareas que ella, y había regresado a los Quarters con una honrosa jubilación.

—Ya lo friego yo, tía —dijo Jean Louise cuando Alexandra se puso a recoger las tazas del café. Se levantó y se estiró—. ¡Qué sueño te entra cuando el día está así!

—Solo estas pocas tazas —contestó Alexandra—. Las friego en un minuto. Tú quédate donde estás.

Jean Louise se quedó donde estaba y recorrió el cuarto de estar con la mirada. Los viejos muebles quedaban bien en la casa nueva. Miró hacia el comedor y vio en el aparador la pesada jarra de plata de su madre, las copas y la bandeja, que brillaban en contraste con el verde suave de la pared.

«Es un hombre increíble», pensó. «Un capítulo de su vida llega a su fin, derriba la casa vieja y construye una nueva en otra parte de la ciudad. Yo no podría hacerlo. Han construido una heladería donde estaba la otra casa. Me pregunto quién la dirigirá».

Fue a la cocina.

—Bueno, ¿qué tal Nueva York? —preguntó Alexandra—. ¿Quieres otra taza antes de que tire esto?

—Sí, por favor.

—Ah, por cierto, voy a organizar un café para ti el lunes por la mañana.

—¡Tía! —se quejó Jean Louise.

Los cafés eran algo típico de Maycomb. Se organizaban en honor de las jóvenes que volvían a casa. Se exhibía a las muchachas a las 10:30 de la mañana con el único objeto de que las mujeres de su misma edad que se habían quedado aisladas en Maycomb las examinaran. En tales circunstancias, rara vez se renovaban las amistades de la niñez.

Jean Louise había perdido el contacto con casi todas las personas con las que había crecido, y no tenía especial interés en redescubrir a los compañeros de su adolescencia. Su época escolar había sido la más desgraciada de su vida. Sentía un desapego casi cruel respecto a la universidad femenina en la que había estudiado, y nada le desagradaba más que verse en medio de un grupo de gente que jugaba al «¿Te acuerdas de fulano y de mengano?».

—La perspectiva de asistir a uno de esos cafés me horroriza infinitamente —dijo—, pero me encantaría.

—Eso me parecía, querida.

Se sintió atravesada por una punzada de ternura. Nunca le agradecería lo suficiente a Alexandra que se hubiera ido a vivir con Atticus. Se consideraba a sí misma una sinvergüenza por haberse puesto sarcástica con su tía, quien, a pesar de sus corsés, mostraba cierta indefensión, además de un refinamiento que ella nunca tendría. «Es de verdad la última en su especie», pensó. Ninguna guerra había llegado a tocarla nunca, y había vivido tres. Nada había perturbado su mundo, un mundo en el que los caballeros fumaban en el porche o en hamacas y las señoras se abanicaban despacio y bebían agua fresca.

—¿Cómo le va a Hank?

—Estupendamente, querida. Ya sabes que el Club Kiwanis le nombró Hombre del Año. Le dieron un pergamino precioso.

—No, no lo sabía.

Que el Club Kiwanis (una novedad de posguerra en Maycomb) lo nombrara a uno Hombre del Año quería decir, por lo general, que el joven en cuestión llegaría muy lejos.

—Atticus estaba muy orgulloso de él. Dice que aún no entiende nada de contratos, pero que con los impuestos se las arregla muy bien.

Jean Louise sonrió. Su padre solía decir que hacían falta al menos cinco años para aprender leyes después de salir de la Facultad de Derecho: dos años para desenvolverse en cuestiones de economía, otros dos para aprenderse los distintos tipos de alegato del ordenamiento jurídico de Alabama y el quinto para releer la Biblia y a Shakespeare. Entonces se estaba totalmente pertrechado para aguantar el tipo en cualquier circunstancia.

—¿Qué dirías si Hank se convirtiera en tu sobrino?

Alexandra dejó de secarse las manos con el paño de cocina. Se dio la vuelta y miró seriamente a Jean Louise.

—¿Lo dices en serio?

—Podría ser.

—No tengas prisa, cariño.

—¿Prisa? Tengo veintiséis años, tía, y conozco a Hank de toda la vida.

—Sí, pero…

—¿Qué pasa, no tiene tu aprobación?

—No es eso, es que… Jean Louise, salir con un chico es una cosa, y casarte con él otra. Debes tenerlo todo en cuenta. Y el origen de Henry…

—… es literalmente el mismo que el mío. Nos hemos criado juntos.

—Hay tendencia a la bebida en esa familia…

—Tía, en todas las familias hay tendencia a la bebida.

Alexandra irguió la espalda.

—En la familia Finch, no.

—Tienes razón. Nosotros simplemente estamos locos.

—Eso es falso y tú lo sabes —dijo Alexandra.

—El primo Joshua estaba como una cabra, no lo olvides.

—Ya sabes que eso lo sacó de la otra parte de la familia. Jean Louise, en todo el condado no hay muchacho más bueno que Henry Clinton. Sería un marido estupendo para cualquier chica, pero…

—Pero un Clinton no es lo bastante bueno para una Finch, eso es lo que quieres decir. Tía querida, ese tipo de cosas terminó con la Revolución Francesa, o comenzó con ella, no recuerdo bien.

—No es eso lo que digo, en absoluto. Es solo que deberías tener cuidado con estas cosas.

Jean Louise sonrió, con las defensas preparadas y en perfecto estado de revista. Ya estaban otra vez. «Señor, ¿por qué lo menciono siquiera?». Le dieron ganas de abofetearse. Si se le presentaba la ocasión, la tía Alexandra escogería para Henry a alguna chica de Wild Fork, limpia y rolliza como una vaca, y les daría su bendición. Ese era el lugar que ocupaba Henry en la vida.

—Bueno, no sé cuánto cuidado hay que tener, tía. A Atticus le encantaría tener a Hank oficialmente entre nosotros. Tú sabes que le haría una ilusión loca.

Sin duda. Atticus Finch había observado con benigna objetividad la tenaz persecución a la que Henry había sometido a su hija, le había dado consejos cuando se los pedía, pero se había negado en redondo a tomar partido.

—Atticus es un hombre. No sabe mucho de estas cosas.

A Jean Louise comenzaban a dolerle los dientes de tenerlos tan apretados.

—¿Qué cosas, tía?

—Mira, Jean Louise, si tuvieras una hija, ¿qué querrías para ella? Nada más que lo mejor, naturalmente. No pareces entenderlo, y la mayoría de la gente de tu edad no parece… ¿Qué pensarías si tu hija fuera a casarse con un hombre cuyo padre los abandonó a él y a su madre y murió alcoholizado en las vías del tren en Mobile? Cara Clinton era una buena mujer y tuvo una vida muy triste, fue todo muy triste, pero hay que pensarse mucho casarse con el fruto de esa unión. Es algo muy serio.

Algo muy serio, en efecto. Jean Louise vio el destello de unas gafas con montura dorada sobre una cara agria que miraba desde debajo de una peluca torcida, y el meneo de un dedo huesudo. Dijo:

 

La cuestión, caballeros, es de licores.

Ya que consejo me piden, he aquí mi respuesta:

Dice que, estando borracho, apalearía a su esposa.

¡Pues que se emborrache, señores! ¡Se admiten apuestas!

 

A Alexandra no le pareció divertido. Estaba muy molesta. No entendía las actitudes de los jóvenes modernos. No es que necesitaran comprensión (los jóvenes eran iguales en todas las generaciones), era ese engreimiento, esa negativa suya a tomarse en serio las cuestiones más trascendentales de la vida lo que la exasperaba y la sacaba de sus casillas. Jean Louise estaba a punto de cometer el peor error de su vida, y le citaba como si nada a esos personajes de opereta, se burlaba de ella. Le hacía falta una madre. Atticus la había dejado a su aire desde que tenía dos años, y mira lo que había cosechado. Ahora necesitaba que la metieran en vereda, y con firmeza, antes de que fuera demasiado tarde.

—Jean Louise —le dijo—, me gustaría recordarte algunas realidades de la vida. No… —Alexandra extendió la mano para indicar silencio—. Estoy segura de que ya las conoces, pero hay algunas cosas que tú, a pesar de ser tan ingeniosa, no sabes, y por Dios bendito que voy a explicártelas. Aunque vivas en la ciudad, eres tan inocente como un huevo recién puesto. Henry no te conviene, ni te convendrá nunca. Nosotros los Finch no nos casamos con los hijos de gentuza pueblerina, que es exactamente lo que eran los padres de Henry cuando nacieron y lo que fueron toda su vida. No se les puede llamar nada mejor. Si Henry es como es, se debe únicamente a que tu padre lo tomó de la mano cuando era un crío, y a que llegó la guerra y pagó su educación. A pesar de lo buen muchacho que es, siempre será gentuza, eso no se quita por más que uno se lave. ¿Has notado alguna vez cómo se chupa los dedos cuando come pastel? Gentuza. ¿Le has visto alguna vez toser tapándose la boca? Gentuza. ¿Sabías que metió a una chica en un lío cuando estaba en la universidad? Gentuza. ¿No lo has visto hurgarse en la nariz cuando cree que nadie lo ve? Gentuza…

—No es que sea gentuza, tía, es que es un hombre —dijo Jean Louise en tono suave.

Por dentro, bullía de indignación. Unos minutos más y podría recuperar el buen humor. «Ella no puede ser vulgar, como estoy a punto de serlo yo. No puede ser común y corriente, como Hank y yo. No sé lo que es, pero será mejor que no siga fastidiando o le voy a decir cuatro cosas…».

—… y para colmo, piensa que puede labrarse una carrera en esta ciudad aprovechándose de los éxitos de tu padre. Imagínate, trata de ocupar el lugar de tu padre en la iglesia metodista y quedarse con su bufete, y encima se pasea por todas partes con su coche. Se comporta como si esta casa ya fuera suya, y ¿qué hace Atticus? Lo acepta, eso es lo que hace. Lo acepta y le encanta. Pero si todo Maycomb habla de que Henry Clinton se está apoderando de todo lo que tiene Atticus…

Jean Louise dejó de recorrer con el dedo el borde de una taza mojada que había en el fregadero. Se sacudió el dedo, dejó caer al suelo una gota de agua y la frotó sobre el linóleo con el pie.

—Tía —dijo con tono cordial—, ¿por qué no te vas a la mierda?

 

El ritual que Jean Louise y su padre ponían en escena las noches de los sábados era demasiado antiguo para saltárselo. Jean Louise entraba en el salón y se quedaba de pie delante del sillón de Atticus. Luego se aclaraba la garganta.

Su padre dejaba a un lado el Mobile Press y la miraba. Ella se giraba lentamente.

—¿Llevo bien subida la cremallera? ¿Están rectas las costuras de las medias? ¿Tengo el flequillo aplastado?

—Estás hecha un pincel —respondió Atticus—. Le has dicho a tu tía una grosería.

—No.

—Me lo ha dicho ella.

—Me puse un poco ordinaria, pero no le dije ningún juramento.

Cuando Jean Louise y su hermano eran pequeños, Atticus les marcaba a veces, con líneas precisas, la diferencia entre la simple escatología y la blasfemia. Lo primero podía soportarlo. Detestaba, en cambio, meter a Dios de por medio. De ahí que Jean Louise y su hermano nunca juraran en su presencia.

—Me sacó de quicio, Atticus.

—No deberías habérselo permitido. ¿Qué le dijiste?

Jean Louise se lo contó. Atticus hizo una mueca.

—Bueno, pues más vale que hagas las paces con ella. A veces se le va la mano, cariño, pero es una buena mujer…

—Se trataba de Hank, y me puso furiosa.

Atticus era un hombre prudente, de modo que dejaron el tema.

El timbre de la puerta de los Finch era un instrumento místico: se podía adivinar el estado de ánimo de quien lo tocaba. Cuando hizo ¡ding-dooong! Jean Louise supo que era Henry y que estaba contento. Se apresuró a abrir la puerta.

Pudo distinguir su agradable olor, remotamente masculino, cuando entró en el vestíbulo, pero aquel aroma a crema de afeitar, a tabaco, a coche nuevo y a libros polvorientos se disipó ante el recuerdo de la conversación en la cocina. De repente lo rodeó con los brazos por la cintura y frotó la cara contra su pecho.

—¿Y esto? —preguntó Henry con deleite.

—Por nada en especial. Vámonos.

Henry se asomó por la puerta y miró a Atticus, que seguía en el salón.

—La traeré a casa temprano, señor Finch.

Atticus hizo un gesto meneando el periódico.

Cuando salieron, ya de noche, Jean Louise se preguntó qué haría Alexandra si supiera que su sobrina estaba más cerca que nunca de casarse con alguien que era gentuza.

 

4

La localidad de Maycomb, Alabama, debía su ubicación a la entereza de un tal Sinkfield, quien, en los albores del condado, dirigía una posada en la confluencia de dos veredas de cerdos, la única taberna del territorio. El gobernador William Wyatt Bibb, con la intención de fomentar la paz en el condado recién creado, envió a un equipo de supervisores para localizar su centro exacto y establecer allí su sede de gobierno. Si Sinkfield no hubiera recurrido a una audaz estratagema para conservar sus tierras, Maycomb se habría levantado en medio del pantano de Winston, un lugar totalmente carente de interés.

En cambio, Maycomb creció y se extendió desde su cogollo, la taberna de Sinkfield, porque el tabernero se ocupó de emborrachar una noche a los supervisores y los convenció para que sacaran sus mapas y planos y para que trazaran una curvita aquí, añadieran otro poco más allá y delinearan el centro del condado a su conveniencia. Al día siguiente los despachó con sus planos y cinco litros de licor en las alforjas: dos para cada uno y otro para el gobernador.

Jean Louise nunca había conseguido despejar sus dudas respecto a si la maniobra de Sinkfield había sido prudente: había colocado la flamante localidad a treinta kilómetros del único transporte público que había entonces: los barcos fluviales, y los que vivían al sur del condado tardaban dos días en llegar a Maycomb para comprar provisiones. Como resultado de ello, el pueblo siguió teniendo el mismo tamaño durante más de siglo y medio. Su principal razón de ser era la administración. Lo que lo salvó de convertirse en otro sucio pueblucho de Alabama fue su elevada proporción de profesionales de toda índole: uno iba a Maycomb a que le sacaran una muela, a que le arreglaran la carreta, a que le auscultaran el corazón, a ingresar su dinero en el banco, a que el veterinario viera sus mulas, a salvar su alma o a que le ampliaran la hipoteca.

Rara vez llegaba gente nueva para establecerse allí. Las mismas familias se casaban entre sí continuamente, de tal modo que las relaciones de parentesco se enmarañaban sin remedio y toda la gente de la ciudad guardaba entre sí un monótono parecido. Hasta la Segunda Guerra Mundial, prácticamente todos sus habitantes eran parientes políticos o consanguíneos de Jean Louise, pero eso no era nada comparado con lo que sucedía en la mitad norte del condado de Maycomb, donde había un pueblo llamado Old Sarum habitado por dos familias que al principio estuvieron separadas, pero que por desgracia tenían el mismo apellido. Los Cunningham se casaron con los Coningham hasta que la correcta ortografía de los nombres se volvió irrelevante. Irrelevante, a no ser que un Cunningham quisiera birlarle a un Coningham la titularidad de unas tierras y la cosa acabara en los tribunales. La única vez que Jean Louise vio al juez Taylor sin saber qué hacer en un juicio fue durante una disputa de este tipo. Jeems Cunningham declaró que su madre deletreaba su apellido «Cunningham» de cuando en cuando, en escrituras de propiedad y otros papeles, pero que ella realmente era una Coningham, que apenas sabía escribir y que a veces se sentaba en el porche por la tarde y no hacía otra cosa que mirar a lo lejos. Después de nueve horas escuchando las excentricidades de los habitantes de Old Sarum, el juez Taylor desestimó el caso por considerarlo una patochada y declaró que confiaba de todo corazón en que los litigantes se dieran por satisfechos con haber tenido cada uno el uso de la palabra. Así fue. Era lo único que querían desde un principio.

Maycomb no tuvo una calle pavimentada hasta 1935, por cortesía de F. D. Roosevelt, y tampoco era del todo una calle pavimentada. Por la razón que fuese, el presidente decidió que un descampado que iba desde la puerta frontal de la Escuela Elemental de Maycomb hasta el camino de doble rodera que había al lado de la finca del colegio necesitaba mejoras. Se hicieron las mejoras y el resultado fue un sinfín de niños con raspones en las rodillas y brechas en el cráneo, y un bando del alcalde prohibiendo que se jugara al látigo en el pavimento. Así se sembraron las semillas de los derechos del Estado en los corazones de la generación de Jean Louise.

La Segunda Guerra Mundial transformó Maycomb: los muchachos que regresaban a casa volvían pertrechados con estrafalarias ideas acerca de ganar dinero y urgencia por recuperar el tiempo perdido. Pintaron las casas de sus padres con colores atroces, encalaron las tiendas de Maycomb, pusieron letreros de neón, construyeron casas de ladrillo rojo en lo que antes eran campos de maíz y pinares, y echaron a perder el aspecto de la ciudad. No solo se pavimentaron las calles, sino que se les puso nombre (Avenida Adeline, en honor a la señorita Adeline Clay), pero los vecinos más ancianos se resistieron a utilizarlos: para orientarse, bastaba con decir «el camino que pasa por donde los Tompkin». Después de la guerra, llegaron en tropel jóvenes procedentes de granjas arrendadas de todo el condado que levantaron endebles casitas de madera y allí se casaron y tuvieron hijos. Nadie sabía muy bien cómo se ganaban la vida, pero sobrevivían, y habrían formado un nuevo estrato social si el resto de los vecinos de la ciudad se hubiera dado por enterado de su existencia.

Aunque el aspecto de Maycomb había cambiado, eran los mismos corazones los que latían en casas nuevas, con sus televisores y sus batidoras Mixmaster. Se podía pintar de blanco cuanto se quisiera, y poner cómicos letreros de neón, que los maderos envejecidos se mantendrían bien firmes bajo aquel nuevo peso.

—No te gusta, ¿verdad? —preguntó Henry—. He visto la cara que has puesto al cruzar la puerta.

—Una resistencia conservadora al cambio, eso es todo —respondió Jean Louise mientras masticaba un bocado de gambas fritas.

Estaban en el comedor del Hotel Maycomb, sentados en sillas cromadas en una mesa para dos. El aparato de aire acondicionado delataba su presencia con un ruido bajo y constante.

—Lo único que me gusta es que ya no huele como antes.

Una mesa larga con muchos platos, el olor a humedad de la sala desvencijada y a grasa caliente de la cocina.

—Hank, ¿qué es «grasa en la cocina»?

—¿Qué?

—Era un juego o algo así.

—Querrás decir «guisantes calientes», cariño. Es saltar a la comba, cuando dan muy deprisa para que te tropieces.

—No, era algo parecido al pilla-pilla.

No se acordaba. Seguramente se acordaría cuando se estuviera muriendo, pero de momento solo veía, prendido como un jirón en su memoria, el leve destello de una manga de tela vaquera, y un grito atropellado: «¡Grasaenlacocina!». Se preguntó quién sería el dueño de aquella manga y qué habría sido de él. Quizás estuviera criando a su familia en una de aquellas casitas nuevas. Tenía la extraña sensación de que el tiempo había pasado de largo ante ella.

—Hank, vamos al río —dijo.

—No creerías que no íbamos a ir, ¿verdad?

Henry le sonrió. Nunca sabía por qué, pero, cuando iban a Finch’s Landing, Jean Louise volvía a ser la de siempre: como, si al respirar, extrajera algo del aire.

—Eres como Jekyll y Hyde —comentó Henry.

—Ves demasiada televisión.

—A veces creo que te tengo así —Henry cerró el puño—, y justo cuando creo que te tengo agarrada bien fuerte te me escapas.

Jean Louise enarcó las cejas.

—Señor Clinton, si me permite una observación propia de una mujer de mundo, se le ve el plumero.

—¿Y eso?

Ella sonrió.

—¿No sabes cómo pescar a una mujer, cariño? —Se pasó la mano por la cabeza como si la tuviera rapada, frunció el ceño y añadió: —A una mujer le gusta que su hombre sea dominante y a la vez distante, si es que eso es posible. Que la haga sentirse indefensa, sobre todo si sabe que puede levantar un montón de peso sin ningún problema. Nunca dudes delante de una mujer y jamás le digas que no la entiendes.

Touché, cariño —afirmó Henry—. Pero pondría una pequeña pega a eso último que has dicho. Yo creía que a las mujeres les gustaba que las consideraran extrañas y misteriosas.

—No, solo nos gusta parecer extrañas y misteriosas. Por debajo de la boa de plumas, todas las mujeres quieren un hombre fuerte que las conozca como a la palma de su mano, y que no solo sea su amante, sino Dios Todopoderoso. Qué tontería, ¿verdad?

—Entonces quieren un padre en lugar de un marido.

—En resumidas cuentas, sí —repuso ella—. En ese aspecto, los libros tienen razón.

—Te veo muy sabia esta noche —observó Henry—. ¿Dónde has aprendido todo eso?

—En Nueva York, viviendo en pecado —contestó ella. Encendió un cigarrillo e inhaló profundamente—. Observando a matrimonios jóvenes y elegantes en Madison Avenue. ¿Conoces ese dialecto, cielo? Es muy divertido, pero hay que tener el oído acostumbrado: ejecutan una especie de fandango tribal, pero de aplicación universal. Comienza cuando las mujeres se aburren como ostras porque sus maridos están tan cansados de salir a ganar dinero que no les prestan atención. Y cuando ellas se ponen a gritar, en vez de intentar entender el motivo, ellos se limitan a buscar un hombro compasivo en el que llorar. Luego, cuando se cansan de hablar de sí mismos, regresan con sus esposas. Todo es de color de rosa durante un tiempo, pero al final los hombres se cansan y las mujeres se ponen a gritar otra vez, y vuelta a empezar. Los hombres de hoy en día han convertido a «la otra» en un diván de psiquiatra, y a precio mucho menor.

Henry se la quedó mirando fijamente.

—Nunca te había visto tan desencantada —dijo—. ¿Qué te ocurre?

Jean Louise parpadeó.

—Lo siento, cariño. —Apagó su cigarrillo—. Es solo que me da mucho miedo fastidiarlo todo por casarme con quien no debo. Con un hombre con el que no congenie, quiero decir. Soy como todas las demás mujeres, y si me caso con quien no debo me convertiré en una arpía gritona en tiempo récord.

—¿Por qué estás tan segura de que vas a equivocarte? ¿Es que no sabías desde siempre que soy un maltratador?

Una mano negra les tendió la cuenta en una bandeja. Aquella mano le resultaba familiar, y Jean Louise levantó la vista.

—Hola, Albert —dijo—. Te han puesto chaquetilla blanca.

—Sí, señora, señorita Scout —repuso Albert—. ¿Qué tal Nueva York?

—Bien —respondió ella, y se preguntó si alguien más en Maycomb se acordaba de Scout Finch, bandolera juvenil y sinvergüenza redomada.

Nadie salvo quizás el tío Jack, que a veces la avergonzaba despiadadamente delante de otras personas recitando con voz cantarina sus fechorías infantiles. Le vería en la iglesia al día siguiente, y por la tarde tendría que hacerle una visita sin prisas. El tío Jack era uno de los placeres de Maycomb que aún resistían.

—¿Por qué será —preguntó Henry enfáticamente— que nunca te bebes más de la mitad de tu segunda taza de café después de la cena?

Jean Louise miró su taza, sorprendida. Cualquier referencia a sus excentricidades personales, incluso por parte de Henry, le producía un sentimiento de timidez. Era muy astuto por su parte haberse fijado en eso. ¿Por qué había esperado quince años para decírselo?

 

5

Cuando iba a subirse al coche, Jean Louise se golpeó la cabeza contra el techo.

—¡Maldita sea! ¿Por qué no hacen estas cosas más altas para que una pueda subirse? —Se frotó la frente hasta que dejó de ver borroso.

—¿Estás bien, cariño?

—Sí, estoy bien.

Henry cerró la puerta con suavidad, rodeó el coche y se sentó a su lado.

—Llevas demasiado tiempo viviendo en la ciudad —afirmó—. Allí nunca vas en coche, ¿verdad?

—No. ¿Cuánto van a tardar en hacerlos de medio metro de alto? Dentro de nada tendremos que ir tumbados.

—Como si nos fueran a disparar desde un cañón —comentó Henry—. De Maycomb a Mobile en tres minutos.

—Yo me conformaría con un Buick de los antiguos, esos tan cuadrados. ¿Te acuerdas? Ibas sentada como mínimo a metro y medio del suelo.

—¿Te acuerdas de cuando Jem se cayó del coche? —preguntó Henry.

Ella se rio.

—Se lo estuve restregando semanas enteras… Si no podías llegar hasta el remolino de Barker sin caerte del coche, eras un patoso.

En un pasado ya borroso, Atticus había tenido un viejo turismo con techo de lona y una vez, cuando les llevaba a bañarse a Jem, a Henry y a ella, el coche pasó por encima de un bache muy pronunciado y Jem acabó en el suelo. Atticus siguió conduciendo plácidamente hasta que llegaron al remolino de Barker, porque Jean Louise no tenía la más mínima intención de avisarle de que habían perdido a Jem, y se aseguró de que Henry tampoco lo hiciera agarrándolo del dedo y torciéndoselo hacia atrás. Cuando llegaron al riachuelo, Atticus se dio la vuelta y exclamó alegremente: «¡Todo el mundo abajo!», y entonces se le congeló la sonrisa:

—¿Dónde está Jem?

Jean Louise dijo que tenía que estar a punto de llegar. Cuando Jem apareció resoplando, sudoroso y sucio por la carrera forzosa, pasó por su lado corriendo y se zambulló en el río con la ropa puesta. Segundos después surgió del agua una cara con expresión asesina, y dijo:

—¡Ven aquí, Scout! ¡A que no te atreves, Hank!

Aceptaron el reto, y en cierto momento Jean Louise pensó que Jem iba a estrangularla, pero al final la soltó (estaba allí Atticus).

—Han puesto un aserradero en el río —comentó Henry—. Ya no se puede nadar allí.

Condujo hasta la tienda E-Lite y tocó el claxon.

—Danos dos vasos, Bill, por favor —le dijo al joven que salió a atenderles.

En Maycomb, o bebías o no bebías. Si bebías, te ibas detrás de la cochera, abrías una cerveza y te la tomabas. Si eras de lo que no bebían, pedías un vaso de soda en E-Lite al amparo de la oscuridad. Que un hombre se tomara un par de copas antes o después de la cena en su casa o con el vecino era lo nunca visto. Eso era «beber en sociedad». Quienes tenían esa costumbre no eran gente de categoría, y como en Maycomb todo el mundo se consideraba de categoría, no se bebía en sociedad.

—El mío que esté flojito, cielo —dijo Jean Louise—. Que solo le dé un poco de color al agua.

—¿Aún no has aprendido a aguantarlo? —le preguntó Henry. Metió la mano debajo del asiento y sacó una botella marrón de Seagram’s Seven.

—El fuerte, no —contestó ella.

Henry tintó el agua de su vaso de papel. Se sirvió un buen trago, lo removió con el dedo y, sosteniendo la botella entre las rodillas, le puso el tapón. La metió debajo del asiento y arrancó.

—Allá vamos —dijo.

El zumbido de los neumáticos sobre el asfalto adormiló a Jean Louise. Lo que más le gustaba de Henry Clinton era que la dejaba estar en silencio cuando ella quería. No tenía que entretenerlo.

Henry nunca intentaba darle la lata cuando estaba así. Tenía un talante liberal y sabía que Jean Louise le agradecía su paciencia. Ella ignoraba que era una virtud que estaba aprendiendo de su padre.

—Tómatelo con calma, hijo —le había dicho Atticus en uno de sus raros comentarios acerca de Jean Louise—. No la presiones. Déjala a su aire. Si la presionas, te sería más fácil vivir con cualquier mula del condado que con ella.

La clase de Henry Clinton en la Facultad de Derecho estaba compuesta por jóvenes veteranos de guerra, inteligentes pero sin sentido del humor. La competencia era terrible, pero Henry estaba acostumbrado a trabajar con ahínco. Aunque había podido seguir el ritmo y desenvolverse a la perfección, había aprendido poca cosa que sirviera en la práctica. Atticus Finch tenía razón al decir que el único bien que le había hecho la universidad había sido permitirle trabar amistad con futuros políticos, demagogos y estadistas de Alabama. Uno empezaba a hacerse una idea de lo que era de verdad el Derecho cuando le llegaba el momento de ejercer. El Derecho de Alegato en el ordenamiento jurídico de Alabama y el Derecho Común era, por ejemplo, una asignatura de naturaleza tan etérea que solo consiguió aprobarla aprendiéndose de memoria el libro. El hombrecillo amargado que impartía la asignatura era el único profesor de toda la facultad con agallas suficientes para intentar enseñar aquello, y hasta él daba muestras de la rigidez propia de quien no entiende del todo una cosa.

—Señor Clinton —le dijo en una ocasión en que Henry se aventuró a pedir explicaciones sobre un examen particularmente ambiguo—, por lo que a mí respecta puede usted escribir hasta el día del juicio, pero si sus respuestas no coinciden con las mías, es que están equivocadas. Sí, señor, equivocadas.

No es de extrañar, por tanto, que, en los primeros tiempos de su relación laboral, Atticus hubiera dejado pasmado a Henry al afirmar:

—Un alegato consiste poco más o menos en poner sobre papel lo que uno quiere decir.

Con paciencia y discreción, Atticus le había enseñado todo lo que sabía acerca de su oficio, pero Henry se preguntaba a veces si sería tan viejo como Atticus cuando consiguiera reducir el Derecho a un objeto de su posesión. Tom, Tom, el hijo del deshollinador. ¿Era el típico caso de cesión de un bien en depósito? No, era el primero de los casos de hallazgo accidental de un tesoro: el derecho de posesión prevalece frente a cualquier persona sobrevenida, excepto el verdadero dueño. El niño que encontraba una joya…

Henry miró a Jean Louise. Estaba dormitando.

Él era su verdadero dueño, eso lo tenía claro. Desde la época en que ella le tiraba piedras, cuando estuvo a punto de volarle la cabeza jugando con pólvora; cuando saltaba sobre él desde atrás, le agarraba, le hacía una llave y le obligaba a gritar «¡me rindo!»; cuando un verano estuvo enferma y deliraba, y les llamaba a gritos a él, a Jem y a Dill…

Henry se preguntó dónde estaría Dill. Jean Louise lo sabría: seguían en contacto.

—Cariño, ¿dónde está Dill?

Ella abrió los ojos.

—En Italia, la última vez que tuve noticias suyas.

Se rebulló en el asiento. Charles Baker Harris. Dill, su amigo del alma. Bostezó y observó cómo el automóvil iba tragándose la línea blanca de la carretera.

—¿Dónde estamos?

—Quedan quince kilómetros para llegar.

—Ya se siente el río —dijo ella.

—Debes de ser mitad caimán —afirmó Henry—. Yo no siento nada.

—¿Sigue por ahí Tom Dosdedos?

Tom Dosdedos vivía dondequiera que hubiera un río. Era un genio: hacía túneles por debajo de Maycomb y de noche se comía los pollos de la gente. En una ocasión lo siguieron desde Demopolis hasta Tensas. Era tan antiguo como el condado de Maycomb.

—Puede que lo veamos esta noche.

—¿Qué te ha hecho pensar en Dill? —preguntó ella.

—No sé. Solamente me he acordado de él.

—Nunca te gustó, ¿verdad?

Henry sonrió.

—Estaba celoso de él. Os tenía a ti y a Jem para él solo todo el verano, mientras que yo tenía que irme a casa en cuanto terminaban las clases. Y en casa no había nadie con quien hacer el indio.

Jean Louise se quedó callada. El tiempo se detuvo, cambió de marcha y retrocedió perezosamente. En aquel entonces, sin saber por qué, era siempre verano. Hank estaba en casa con su madre y no podía salir, y Jem tenía que conformarse con pasar el rato con su hermana pequeña. Los días eran largos, Jem tenía once años y la pauta era siempre la misma.

Estaban en el porche donde dormían, la parte más fresca de la casa. Dormían allí cada noche desde principios de mayo hasta finales de septiembre. Jem, que había estado tumbado en su catre leyendo desde el amanecer, le puso una revista de fútbol delante de la cara, señaló una fotografía y dijo:

—¿Quién es este, Scout?

—Johnny Mack Brown. Vamos a inventarnos una historia.

Jem sacudió la página delante de su cara.

—¿Quién es este, entonces?

—Tú —dijo ella.

—Vale. Llama a Dill.

No hizo falta llamarlo. Temblaron los repollos en el huerto de la señorita Rachel, la valla trasera crujió y Dill ya estaba con ellos. Dill era una rareza porque venía de Meridian, Mississippi, y tenía mucho mundo. Pasaba todos los veranos en Maycomb con su tía abuela, que vivía en la casa contigua a la de los Finch. Era un individuo bajito, robusto, con la cabeza llena de pájaros, la cara de un ángel y la astucia de un armiño. Era un año mayor que ella, pero Jean Louise le sacaba una cabeza.

—Hola —saludó—. Hoy vamos a jugar a Tarzán. Yo soy Tarzán.

—No puedes ser Tarzán —repuso Jem.

—Yo soy Jane —afirmó ella.

—Pues yo no pienso ser la mona otra vez —protestó Dill—. Siempre me toca ser la mona.

—¿Quieres ser Jane, entonces? —preguntó Jem. Se estiró, se subió los pantalones y dijo: —Vamos a jugar a Tom Swift. Yo soy Tom.

—¡Me pido Ned! —dijeron Dill y ella a la vez.

—No, tú no —le dijo Scout a Dill.

A Dill se le puso la cara roja.

—Scout, tú siempre tienes que ser el mejor personaje después del protagonista. A mí nunca me toca ser el segundo mejor.

—¿Y qué piensas hacer? —le preguntó ella educadamente al tiempo que cerraba los puños.

—Tú puedes ser el señor Damon, Dill —dijo Jem—. Es muy divertido y salva a todo el mundo al final. Ya sabes, siempre lo bendice todo.

—Pues que bendiga mi póliza de seguros —contestó Dill al tiempo que enganchaba los pulgares en unos tirantes invisibles—. Bueno, está bien.

—¿A qué jugamos? —preguntó Jem—. ¿A Aeropuerto Océano o a Máquina Voladora?

—Estoy cansada de jugar a eso —dijo ella—. Vamos a inventarnos una nueva.

—Muy bien. Scout, tú eres Ned Newton. Dill, tú eres el señor Damon. Un día, Tom está en su laboratorio trabajando en una máquina que puede ver a través de las paredes de ladrillo cuando entra un hombre y dice: «¿El señor Swift?». Yo soy Tom, así que digo: «¿Sí, señor…?».

—No hay nada que pueda ver a través de una pared de ladrillo —afirmó Dill.

—Esta cosa podía. El caso es que entra ese hombre y dice: «¿El señor Swift?».

—Jem —dijo ella—, si va a aparecer ese hombre, necesitamos a alguien más. ¿Quieres que vaya corriendo a buscar a Bennett?

—No, ese hombre no sale mucho, así que su parte la digo yo. Tienes que comenzar una historia, Scout.

El papel de ese hombre consistía en explicar al joven inventor que un afamado profesor llevaba treinta años perdido en el Congo Belga y que ya era hora de que alguien intentara sacarlo de allí. Como era lógico, había decidido recurrir a los servicios de Tom Swift y sus amigos, y Tom no perdió la ocasión de embarcarse en una nueva aventura.

Montaron los tres en la máquina voladora, consistente en unos tablones anchos que tiempo atrás habían clavado en las ramas más robustas del cinamomo.

—Hace un calor horrible aquí arriba —comentó Dill—. Ja, ja, ja.

—¿Qué? —preguntó Jem.

—Digo que hace mucho calor aquí, tan cerca del sol. Benditos sean mis calzoncillos largos.

—No puedes decir eso, Dill. Cuanto más alto se sube, más frío hace.

—Yo creo que hace más calor.

—Pues no. Cuanto más alto se sube, más frío hace, porque el aire se vuelve más fino. Ahora, Scout, tú dices: «Tom, ¿adónde vamos?».

—Creía que íbamos a Bélgica —dijo Dill.

—Tienes que preguntar adónde vamos porque el hombre me lo dijo a mí, no a vosotros, y yo no os lo he contado aún, ¿entendéis?

Todos lo entendieron.

Cuando Jem les explicó su misión, Dill dijo:

—Si lleva tanto tiempo perdido, ¿cómo saben que está vivo?

—Ese hombre dijo que habían recibido un mensaje de la Costa de Oro diciendo que el profesor Wiggins estaba… —contestó Jem.

—Si acababan de tener noticias suyas, ¿cómo es que está perdido? —preguntó ella.

—… estaba con una tribu perdida de jíbaros —continuó Jem sin hacerle caso—. Ned, ¿tienes el rifle con mira de rayos equis? Ahora tú dices que sí.

—Sí, Tom —dijo ella.

—Señor Damon, ¿ha cargado suficientes provisiones en la máquina voladora? ¡Señor Damon!

Dill dio un respingo y se puso en guardia.

—Bendita sea mi estampa, Tom. ¡Sí, señoooor! ¡Ja, ja, ja!

Hicieron un aterrizaje en tres tiempos en las afueras de Ciudad del Cabo, y ella le dijo a Jem que hacía diez minutos que no le pedía que dijera nada y que así no pensaba seguir jugando.

—Está bien. Scout, tú dices: «Tom, no hay tiempo que perder. Vamos a la jungla».

Ella lo dijo.

Marcharon por el patio trasero abriéndose paso entre la maleza y deteniéndose de vez en cuando para derribar a un elefante perdido o luchar contra una tribu de caníbales. Jem iba en cabeza. A veces gritaba: «¡Atrás!», y ellos se tumbaban boca abajo sobre la tierra caliente. Una vez rescató al señor Damon de las cataratas Victoria mientras Scout se quedaba por allí, enfurruñada porque lo único que tenía que hacer era sujetar la cuerda que amarraba a Jem.

Pasado un rato Jem gritó:

—¡Ya casi hemos llegado, así que adelante!

Avanzaron rápidamente hasta la cochera (una aldea de jíbaros). Jem cayó de rodillas y comenzó a comportarse como un encantador de serpientes.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó ella.

—¡Shh! Estoy haciendo un sacrificio.

—Pareces muy desgraciado —dijo Dill—. ¿Qué es un sacrificio?

—Se hace para alejar a los jíbaros. ¡Mirad, ahí están!

Jem emitió un zumbido bajo, dijo algo parecido a «buya-buya-buya», y la cochera se llenó de salvajes.

Dill puso los ojos en blanco de un modo asqueroso, se puso rígido y cayó al suelo.

—¡Tienen al señor Damon! —gritó Jem.

Sacaron al sol a Dill, tieso como una farola. Juntaron hojas de higuera y las colocaron en fila encima de él, de la cabeza a los pies.

—¿Crees que funcionará, Tom? —dijo ella.

—Podría ser. Aún no lo sé. ¿Señor Damon? ¡Señor Damon, despierte! —Jem le dio un golpe en la cabeza.

Dill se incorporó desparramando las hojas de higuera.

—Ya vale, Jem Finch —dijo él, y volvió a ponerse con los brazos en cruz—. No voy a quedarme aquí mucho más rato. Está empezando a hacer calor.

Jem hizo misteriosos movimientos rituales por encima de su cabeza y dijo:

—Mira, Ned, ya vuelve en sí.

Los párpados de Dill temblaron y se abrieron. Se levantó y se puso a dar vueltas por el jardín farfullando:

—¿Dónde estoy?

—Aquí, Dill —contestó ella un poco alarmada.

Jem frunció el ceño.

—Eso no vale. Tienes que decir: «Señor Damon, está usted perdido en el Congo Belga. Ha estado hechizado. Yo soy Ned y este es Tom».

—¿Nosotros también nos hemos perdido? —preguntó Dill.

La vara de la señorita Rachel dio de lleno en el trasero de la aparición sagrada. Como no quería retroceder para encontrarse con una lluvia de palos, Dill avanzó con paso enérgico y se reunió con Scout en medio del estanque. La señorita Rachel fustigó implacablemente una confusa maraña de nenúfares, sábanas, piernas, brazos, y una hiedra trepadora.

—¡Sal de ahí! —gritó la señorita Rachel—. ¡Ya te daré yo Espíritu Santo, Charles Baker Harris! Te llevas la sábana de mi mejor cama, le haces agujeros, pronuncias el nombre del Señor en vano… ¡Vamos, sal de ahí!

—¡Vale, vale, tía Rachel! —balbuceó Dill—. ¡Déjame explicártelo!

Los esfuerzos de Dill por salir del aprieto con dignidad tuvieron solo un éxito moderado: salió del estanque como un pequeño y fantástico monstruo marino cubierto de cieno verdoso y con la sábana chorreando. Tenía enredado en la cabeza y el cuello un zarcillo de hiedra. Sacudió la cabeza violentamente para quitárselo y la señorita Rachel retrocedió para que no la salpicara.

Jean Louise salió del agua detrás de él. Sentía un terrible hormigueo en la nariz por el agua que se le había metido dentro, y cuando aspiraba le dolía.

La señorita Rachel no quiso tocar a Dill, pero le hizo indicaciones con la vara diciendo:

—¡En marcha!

Jem y ella observaron a los dos hasta que desaparecieron dentro de la casa de la señorita Rachel. Scout no pudo evitar sentir lástima por Dill.

—Vámonos a casa —dijo Jem—. Ya debe de ser la hora de comer.

Se volvieron en dirección a su casa y se encontraron de sopetón con los ojos de su padre. Estaba parado en el sendero de entrada.

Detrás de él estaban una señora a la que no conocían y el reverendo James Edward Moorehead. Parecía que llevaban allí un rato.

Atticus se acercó a ellos al tiempo que se quitaba la chaqueta. Scout sintió que se le cerraba la garganta y que le temblaban las rodillas. Cuando Atticus dejó caer la chaqueta sobre sus hombros, se dio cuenta de que estaba desnuda en presencia de un predicador. Intentó salir corriendo, pero su padre la agarró por el cogote y dijo:

—Ve con Calpurnia. Entra por la puerta de atrás.

Calpurnia la frotó sin piedad en la bañera mascullando:

—El señor Finch llamó por teléfono esta mañana y dijo que iba a traer a comer al predicador y su esposa. Os estuve dando voces hasta ponerme morada. ¿Por qué no me contestabais?

—No te oímos —mintió ella.

—Pues o metía el pastel en el horno o iba a buscaros. Las dos cosas no podían ser. Vergüenza debería daros, ¡abochornar así a vuestro padre!

Pensó que el huesudo dedo de Calpurnia iba a atravesarle la oreja.

—Para ya —dijo.

—Si él no os da una buena zurra, lo haré yo —prometió Calpurnia—. Ahora, sal de la bañera.

Casi le arrancó la piel con la toalla áspera. Le mandó que levantase los brazos por encima de la cabeza, le puso un vestido rosa muy almidonado, le sujetó la barbilla con firmeza entre el pulgar y el índice y la peinó con un peine de púas afiladas. Luego dejó caer a sus pies un par de zapatos de charol.

—Póntelos.

—No puedo abrochármelos —repuso Scout.

Calpurnia bajó de golpe la tapa del retrete y la sentó encima. Scout observó cómo aquellos grandes dedos de espantapájaros llevaban a cabo la complicada tarea de hacer pasar los botones de perla por unos agujeritos demasiado pequeños, y se maravilló por la fuerza que tenían sus manos.

—Ahora ve con tu padre.

—¿Dónde está Jem? —preguntó ella.

—Se está lavando en el baño del señor Finch. De él sí puedo fiarme.

En el salón, Jem y ella se sentaron calladitos en el sofá. Atticus y el reverendo Moorehead conversaban de temas poco interesantes, y la señora Moorehead miraba fijamente a los niños. Jem la miró y sonrió. Ella no correspondió a su sonrisa, y Jem se dio por vencido.

Para alivio de todos, Calpurnia tocó la campana de la comida. Al sentarse a la mesa se hizo un instante de incómodo silencio y Atticus pidió al reverendo Moorehead que bendijera los alimentos. El reverendo, en lugar de bendecir la mesa mecánicamente, aprovechó la oportunidad para contarle al Señor las travesuras de Jem y Scout. Cuando llegó a la parte en que explicaba que eran huérfanos de madre, Scout tenía la impresión de no levantar ni un palmo del suelo. Miró a Jem: su hermano tenía la nariz casi metida en el plato y las orejas coloradas. Dudó de que Atticus pudiera volver a levantar cabeza, y su sospecha se vio confirmada cuando el reverendo Moorehead dijo por fin amén y Atticus alzó la vista. Dos lagrimones se habían deslizado por detrás de sus gafas, hasta los lados de sus mejillas. Esta vez le habían hecho mucho daño. De repente dijo: «Perdonen», se levantó bruscamente y desapareció en la cocina.

Calpurnia entró con cautela llevando una bandeja muy cargada. Cuando había invitados, adoptaba una actitud estirada y circunspecta: aunque hablaba tan bien como el que más el inglés de Jeff Davis, en presencia de los invitados relajaba la pronunciación, pasaba los platos de verduras con aire altivo y parecía respirar parsimoniosamente. Cuando se puso a su lado, Jean Louise le dijo:

—Discúlpenme, por favor. —Alargó el brazo, acercó la cabeza de Calpurnia a la suya y susurró—: Cal, ¿está muy disgustado Atticus?

Calpurnia se enderezó, la miró y dijo dirigiéndose a la mesa en general:

—¿El señor Finch? Qué va, Scout. ¡Está en el porche trasero partiéndose de risa!

 

 

¿El señor Finch? Partiéndose de risa… El ruido de las ruedas de un coche al pasar de la tierra al asfalto la hizo volver al presente. Se pasó los dedos por el pelo. Abrió la guantera, encontró un paquete de cigarrillos, sacó uno y lo encendió.

—Casi hemos llegado —dijo Henry—. ¿Dónde estabas? ¿De vuelta en Nueva York con tu novio?

—Solo estaba distraída, pensando —contestó ella—. Pensaba en esa vez que hicimos un revival. Esa te la perdiste.

—Gracias a Dios. Esa es una de las favoritas del doctor Finch.

Jean Louise se rio.

—El tío Jack lleva casi veinte años contando esa aventura y todavía me avergüenza. ¿Sabes?, cuando murió Jem, Dill fue la única persona a la que se nos olvidó avisar. Alguien le envió un recorte de periódico. Así se enteró.

—Siempre pasa lo mismo —dijo Henry—. Uno se olvida de la gente del pasado. ¿Crees que regresará algún día?

Jean Louise negó con la cabeza. Cuando el ejército lo envió a Europa, Dill se quedó allí. Era un trotamundos nato. Cuando pasaba algún tiempo confinado con las mismas personas en un mismo entorno, era como una pequeña pantera. Jean Louise se preguntaba dónde terminaría sus días. En una acera de Maycomb no, eso seguro.

El aire fresco del río hendió la cálida noche.

—Finch’s Landing, señorita —dijo Henry.

Finch’s Landing consistía en trescientos sesenta y seis escalones que descendían por un despeñadero muy alto y terminaban en un ancho pantalán que se adentraba en el río. Se llegaba a él atravesando un gran claro de casi trescientos metros de anchura que se extendía desde el borde del barranco hasta el bosque. Un camino de doble rodera partía del extremo del claro y se desvanecía entre los oscuros árboles. Al final del camino había una casa blanca de dos plantas con galerías que la rodeaban por los cuatro costados, tanto arriba como abajo.

Lejos de encontrarse en avanzado estado de deterioro, la antigua casa de los Finch se hallaba en excelente estado de conservación: era un club de caza. Varios hombres de negocios de Mobile habían arrendado los terrenos que la rodeaban, comprado la casa y fundado en ella lo que en Maycomb se consideraba un antro de juego. No lo era: en las noches de invierno, las risas de los hombres resonaban en las habitaciones de la vieja casona y, si de vez en cuando sonaba algún disparo, no se debía a la ira sino al exceso de alcohol. Que jugaran al póquer y celebraran todas las juergas que quisieran; lo único que quería Jean Louise era que la vieja casa estuviera bien cuidada.

La casa tenía una historia muy común en el Sur: el abuelo de Atticus Finch se la compró al tío de un afamado donjuán que operaba a ambos lados del Atlántico pero que procedía de una antigua y refinada familia de Alabama. El padre de Atticus nació en la casa, y también Atticus, Alexandra, Caroline (que se casó con un hombre de Mobile) y John Hale Finch. El claro se usaba para reuniones familiares hasta que estas dejaron de estar de moda, cosa que sucedió cuando Jean Louise ya tenía uso de razón.

El tatarabuelo de Atticus Finch, un metodista inglés, se estableció al lado del río, cerca de Claiborne, y tuvo siete hijas y un hijo. Se casaron con los hijos de los soldados del coronel Maycomb, tuvieron una prole numerosa y fundaron lo que en el condado se denominaba «las Ocho Familias». Con el paso del tiempo, en la época en que la familia se reunía una vez al año, los parientes que residían en Finch’s Landing tuvieron que talar más y más bosque para dejar terreno donde comer al aire libre, lo que explicaba que el claro hubiera alcanzado ese tamaño. Tenía además otros usos, aparte de las reuniones familiares: los negros jugaban allí al baloncesto, el Ku Klux Klan se reunía allí en sus tiempos de mayor esplendor, y cuando Atticus era joven se celebraba un gran torneo en el que los caballeros del condado competían por el honor de llevar a sus damas a un gran banquete en Maycomb (Alexandra contaba que ver al tío Jimmy acertar a meter un palo por una anilla a pleno galope fue lo que la llevó a casarse con él).

También fue en tiempos de Atticus cuando los Finch se mudaron a la ciudad: Atticus estudió Derecho en Montgomery y regresó para ejercer en Maycomb; Alexandra, rendida ante la destreza del tío Jimmy, se fue con él a Maycomb; John Hale Finch se marchó a Mobile a estudiar Medicina, y Caroline se fugó con su novio a los diecisiete años. Cuando murió su padre arrendaron las tierras, pero su madre no quiso moverse de la casa. Siguió viviendo allí, observando cómo se arrendaban y vendían las tierras pedazo a pedazo. Cuando murió solo quedaban la casa, el claro y el embarcadero. La casa permaneció vacía hasta que la compraron aquellos señores de Mobile.

Jean Louise creía recordar a su abuela, pero no estaba segura. Cuando vio su primer Rembrandt, una mujer con capa y golilla, dijo: «Ahí está la abuela». Atticus dijo que no, que ni siquiera se parecían. Pero Jean Louise tenía la impresión de que en algún lugar de la vieja casa la habían llevado a una habitación en penumbra y que en medio de la habitación estaba sentada una señora viejísima, vestida de negro y con un cuello de encaje blanco.

A los trescientos sesenta y seis peldaños que bajaban al embarcadero se los conocía (no podía ser de otra manera) como los Escalones Bisiestos, y cuando Jean Louise era niña y asistía a las reuniones anuales junto a un sinfín de primos, los padres se acercaban al borde del barranco preocupados por que los niños estuvieran jugando en los escalones, hasta que conseguían reunirlos y dividirlos en dos categorías: los que sabían nadar y los que no. Quienes no sabían nadar quedaban relegados al lado del claro que daba al bosque, donde tenían que jugar a juegos insulsos; los que sí sabían nadar tenían libertad para subir y bajar a su aire por los escalones, bajo la relajada supervisión de dos jóvenes negros.

El club de caza había conservado los escalones en buen estado y usaba el embarcadero como muelle para sus barcas. Eran hombres perezosos: resultaba más fácil dejarse llevar corriente abajo y remar hasta el pantano de Winston que atravesar la maleza y las trochas abiertas entre los pinos. Río abajo, más allá del barranco, quedaban vestigios del antiguo embarcadero de algodón donde los negros de los Finch cargaban balas y productos del campo y descargaban bloques de hielo, harina y azúcar, herramientas para la granja y cosas para las mujeres. El atracadero de la familia solo lo usaban los viajeros: los escalones brindaban a las damas la excusa perfecta para desmayarse, y el equipaje se dejaba en el embarcadero de algodón: desembarcar allí, delante de los negros, era impensable.

—¿Crees que son seguros?

—Claro —respondió Henry—. El club los mantiene en buen estado. Estamos cometiendo un allanamiento, ¿sabes?

—Un allanamiento, y un cuerno. Me gustaría ver el día en que un Finch no pueda caminar por sus propias tierras. —Hizo una pausa y preguntó—: ¿A qué te refieres?

—Vendieron lo poco que quedaba hace cinco meses.

—No me dijeron ni una palabra —protestó Jean Louise.

El tono de su voz hizo que Henry se detuviera.

—No te importa, ¿verdad?

—No, en realidad no. Pero me gustaría que me lo hubieran dicho.

Henry no estaba muy convencido.

—Por el amor de Dios, Jean Louise, ¿de qué les servía al señor Finch y a los demás?

—De nada, con los impuestos y todo eso. Pero me gustaría que me lo hubieran dicho. No me gustan las sorpresas.

Henry se rio. Se agachó y recogió un puñado de arena gris.

—¿Te me estás poniendo sureña? ¿Quieres que haga igual que Gerald O’Hara?

—Déjalo, Hank —dijo con un tono agradable.

—Creo que tú eres la peor de todos —dijo Henry—. Tratándose de estas cosas, el señor Finch es un joven de setenta y dos años y tú una anciana de cien.

—Sencillamente, no me gusta que mi mundo cambie sin previo aviso. Vamos a bajar al embarcadero.

—¿Seguro que puedes?

—Puedo ganarte cuando quiera.

Echaron una carrera hasta los escalones. Al emprender el rápido descenso, Jean Louise notó en los dedos el roce frío del metal. Se detuvo. Desde el año anterior, habían puesto una barandilla metálica. Hank se había adelantado demasiado para poder alcanzarle, pero aun así lo intentó.

Cuando llegó al embarcadero sin aliento, Henry ya estaba tumbado sobre los tablones.

—Cuidado con la brea, cariño —dijo él.

—Me estoy haciendo vieja —observó ella.

Fumaron en silencio. Henry le puso el brazo debajo del cuello y de tanto en tanto se volvía y la besaba. Ella miraba al cielo.

—Está tan bajo que casi se puede estirar el brazo y tocarlo.

—¿Hablabas en serio antes, cuando has dicho que no te gusta que tu mundo cambie? —preguntó él.

—¿Qué? —No lo sabía. Suponía que así era. Intentó explicárselo—. Es solo que estos últimos cinco años, cada vez que vuelvo a casa… Antes de eso, incluso. Desde la universidad. Siempre hay algo que ha cambiado un poquito.

—Y no estás segura de que te guste, ¿no? —Henry sonreía a la luz de la luna y Jean Louise aún lo veía.

Se incorporó.

—No sé si sabré explicarlo, cariño. Cuando vives en Nueva York, a menudo tienes la sensación de que Nueva York no es el mundo. Quiero decir que, cada vez que regreso a casa, siento que estoy regresando al mundo, y cuando me voy de Maycomb es como salir del mundo. Es una tontería. No puedo explicarlo, y lo peor de todo es que, si viviera en Maycomb, me volvería completamente loca.

—No, eso no pasaría y tú lo sabes —repuso Henry—. No quiero presionarte para que me des una respuesta… no te muevas… pero tienes que decidirte por una cosa o por otra, Jean Louise. A lo largo de nuestra vida vas a ver cambios, vas a ver cómo Maycomb cambia de cara completamente. Tu problema es que lo quieres todo; quieres detener el reloj, pero no puedes. Tarde o temprano tendrás que decidir si es Maycomb o es Nueva York.

Casi, casi lo entendía. «Me casaré contigo, Hank, si me traes a vivir aquí, a Finch’s Landing. Cambiaré Nueva York por este lugar, pero no por Maycomb».

Jean Louise miró el río. El lado que pertenecía al condado de Maycomb lo formaban altos despeñaderos; el condado de Abbott, en cambio, era llano. Cuando llovía se desbordaba el río y se podía ir remando en barca por los campos de algodón. Miró corriente arriba. «La Batalla de las Canoas fue más allá», pensó. Sam Dale atacó a los indios y Águila Roja saltó por el despeñadero.

 

Y así cree conocer

los cerros donde surgió su vida,

y el mar al que se encamina.

 

—¿Has dicho algo? —preguntó Henry.

—No, nada. Solo me estaba poniendo romántica —contestó ella—. Por cierto, mi tía dice que no gozas de su aprobación.

—Eso siempre lo he sabido. ¿Y tú?

—Sí.

—Entonces, cásate conmigo.

—Propónmelo.

Henry se levantó y se sentó a su lado. Dejaron colgar los pies por el borde del embarcadero.

—¿Dónde están mis zapatos? —preguntó ella de repente.

—En el coche, donde te los quitaste. Jean Louise, ya gano suficiente para que vivamos los dos. Si las cosas siguen marchando, dentro de unos años me ganaré bien la vida. El Sur es ahora la tierra de las oportunidades. Aquí, en el condado de Maycomb, hay dinero suficiente para parar un… ¿Qué te parecería tener un esposo en el parlamento?

—¿Vas a presentarte? —dijo Jean Louise sorprendida.

—Me lo estoy pensando.

—¿En contra del aparato político?

—Sí. Está a punto de caer por su propio peso, y si empiezo desde abajo…

—Tener un gobierno decente en el condado de Maycomb sería tan chocante que no creo que los vecinos pudieran soportarlo —comentó ella—. ¿Qué opina Atticus?

—Que es buen momento.

—No lo tendrás tan fácil como lo tuvo él.

Su padre, después de su primera campaña, había formado parte de la asamblea del estado todo el tiempo que había querido, sin oposición. El suyo era un caso único en la historia del condado: ningún aparato político se había opuesto a Atticus Finch, ningún aparato político lo había apoyado y nadie le había disputado su puesto. Después de su jubilación, el aparato político había engullido el único escaño independiente que quedaba.

—No, pero tengo posibilidades. La Tropa del Juzgado se ha dormido en los laureles, y con una campaña dura podría derrotarlos.

—Cariño, no tendrás una compañera que te ayude —le dijo ella—. La política me aburre mortalmente.

—Pero no harás campaña contra mí, y eso ya es de por sí un alivio.

—Eres un joven prometedor, ¿eh? ¿Por qué no me dijiste que te habían nombrado Hombre del Año?

—Tenía miedo de que te rieras —respondió Henry.

—¿Reírme de ti, Hank?

—Sí. Parece como si todo el tiempo estuvieras medio riéndote de mí.

¿Qué podía decir? ¿Cuántas veces había herido sus sentimientos?

—Tú sabes que nunca he tenido mucho tacto, pero te juro por Dios que nunca me he reído de ti, Hank. Te lo digo de corazón.

Le rodeó la cabeza con los brazos. Notó bajo la barbilla su pelo cortado casi al cero; era como terciopelo negro. Henry, besándola, la tumbó sobre el suelo del embarcadero.

Un rato después, Jean Louise lo detuvo.

—Será mejor que nos vayamos, Hank.

—Todavía no.

—Sí.

—Lo que más odio de este lugar es que siempre hay que volver a subir —dijo él en tono cansado.

—Tengo un amigo en Nueva York que siempre sube las escaleras a cien por hora. Dice que así no se queda sin aliento. ¿Por qué no lo intentas?

—¿Es tu novio?

—No seas tonto —dijo.

—Ya has dicho eso una vez hoy.

—Vete al infierno, entonces —respondió ella.

—Eso también lo has dicho.

Jean Louise puso los brazos en jarras.

—¿Qué te parecería lanzarte al agua vestido? Eso no lo he dicho todavía. Ahora mismo, podría empujarte sin pensármelo dos veces.

—Sí, creo que lo harías.

—Sin pensármelo dos veces —asintió ella.

Henry la agarró por el hombro.

—Si yo caigo, tú caes conmigo.

—Voy a hacer una concesión —dijo ella—. Cuento hasta cinco para que te vacíes los bolsillos.

—Esto es una locura, Jean Louise —protestó él mientras se sacaba de los bolsillos dinero, llaves, cartera y cigarrillos. Se quitó los mocasines.

Se miraron el uno al otro como si fueran gallos de pelea. Henry consiguió tirarla, pero cuando estaba cayendo Jean Louise lo agarró de la camisa y lo arrastró consigo. Nadaron rápidamente, en silencio, hasta el centro del río, dieron media vuelta y volvieron sin prisa al embarcadero.

—Dame la mano para subir —dijo ella.

Con la ropa empapada pegada al cuerpo, subieron por las escaleras.

—Estaremos casi secos cuando lleguemos al coche —afirmó él.

—Había corriente esta noche —comentó Jean Louise.

—Con tanto ardor se evapora el agua.

—Ten cuidado, no sea que te tire por el barranco. Lo digo en serio —dijo ella sonriendo—. ¿Recuerdas lo que le hacía la señora Merriweather a su pobre marido? Cuando estemos casados, yo voy a hacerte lo mismo.

Lo tenía difícil el señor Merriweather si discutía con su esposa mientras iban por la carretera. El señor Merriweather no sabía conducir y, si la discusión subía de tono, la señora Merriweather paraba el coche y le hacía regresar a Maycomb haciendo autostop. Una vez tuvieron un desacuerdo en un camino de tierra, y el señor Merriweather pasó siete horas abandonado. Finalmente consiguió que lo llevara una carreta que pasaba por allí.

—Cuando esté en la asamblea no podremos salir a nadar de noche —dijo Henry.

—Entonces no te presentes.

El coche avanzaba con un zumbido. Poco a poco remitió el aire fresco y volvió el bochorno. Jean Louise vio por el retrovisor el reflejo de unos faros detrás de ellos. Les adelantó un coche y al poco rato otro, y otro. Maycomb ya no estaba muy lejos.

Con la cabeza sobre el hombro de Henry, Jean Louise se sintió satisfecha. Pensó que podría funcionar, después de todo. «Pero yo no soy una mujer de su casa. Ni siquiera sé cómo mandar a una cocinera. ¿Qué se dicen las señoras unas a otras cuando van de visita? Tendría que llevar sombrero. Se me caerían los bebés y los mataría».

Algo que parecía una gigantesca abeja negra pasó de largo y tomó la curva derrapando. Jean Louise se incorporó, sobresaltada.

—¿Qué era eso?

—Un coche lleno de negros.

—Madre mía, ¿qué se creen que están haciendo?

—Es el modo de afirmarse que tienen ahora —dijo Henry—. Disponen de dinero suficiente para comprarse coches de segunda mano y van por la carretera a toda velocidad. Son un peligro público.

—¿Tienen permiso de conducir?

—Muchos no. Tampoco tienen seguro.

—Dios mío, ¿y si pasa algo?

—Pues es toda una tragedia.

 

 

En la puerta, Henry la besó suavemente y la dejó ir.

—¿Mañana por la noche?

Ella asintió.

—Buenas noches, cariño.

Con los zapatos en la mano, entró de puntillas en el dormitorio de la parte delantera de la casa y encendió la luz. Se desvistió, se puso la camisa del pijama y entró sin hacer ruido en el salón. Encendió una lámpara y se acercó a la estantería de los libros. «Qué difícil», pensó. Recorrió con el dedo los volúmenes de historia militar, dudó unos momentos al pasar por La Segunda Guerra Púnica y se detuvo en La carga de la Brigada Ligera. Ya que estaba, pensó, podía empollar un poco para su visita al tío Jack. Regresó a su dormitorio, apagó la luz del techo, buscó a tientas la lámpara de lectura y la encendió. Se metió en la cama que la vio nacer, leyó tres páginas y se quedó dormida con la luz encendida.

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